Intachable, impoluta y académica, así es la narrativa de Yukio Mishima. Sus relatos de simétrica armonía se pueden calificar de entrañables, pues Mishima no se lee con la cabeza ni con el corazón. Mishima se lee con las entrañas. Los escritos de Mishima son como un seppuku: doloroso y sangriento, pero siempre digno, firme y en silencio.
Las líneas de Yukio están plagadas de sensibilidad, pero carecen de sentimientos. Privadas de cualquier tipo de emoción, los escritos del autor son un reflejo sustancial del costumbrismo japonés llevado a su extremo más estoico. No hay romanticismo en Mishima, no hay florituras ni adornos. Las palabras se estructuran en un mensaje crudo de rigurosa simplicidad, como un haiku hecho novela. Las líneas de Yukio encierran una única fantasía hacia la muerte que podría hacer estremecer al mismo Masoch. Y su propia muerte, repetida una y otra vez en sus textos, soñada y ensoñada como una aspiración idealizada, fue acometida en el mundo real, ya fuera del papel y la tinta, bajo los ojos de un atónito comandante que, lejos de contemplar una escena del cuento Patriotismo (1966, un reflejo puro de la fantasía de Mishima), presenció un espectáculo dantesco.
El 25 de noviembre de 1970, Mishima y cuatro miembros de la Tatenokai visitaron con un pretexto al comandante del campamento Ichigaya, en el cuartel general de Tokio del Comando Oriental de las Fuerzas de Autodefensa de Japón. Tras la composición de un de jisei (un poema compuesto por uno mismo cuando se acerca la hora de su propia muerte) y una vez recibidos, atrancaron tras de sí las puertas y ataron al comandante a su silla. Mishima salió al balcón para dirigirse a los soldados reunidos abajo recitando un discurso patriótico cuya motivación era devolver al Emperador a su legítimo lugar. Los oyentes se burlaron, rieron y lo abuchearon. Únicamente vieron a un señor disfrazado (vestido como ordena el ritual para acometer suicidio) y muy enfadado gritando en un balcón. Incapaz de hacerse oír, acabó con el discurso tras unos pocos minutos. Regresó a la oficina del comandante y cometió seppuku. La costumbre de la decapitación al final de este ritual le fue asignada a Masakatsu Morita, miembro de la Tatenokai. Pero Morita no fue capaz de realizar su tarea de forma adecuada: Uno, dos y otro intento más fallido. Otro miembro de la Tatenokai, Hiroyasu Koga, acabó el trabajo. Entonces Morita también cometió seppuku y fue decapitado por Koga.
El verdadero nombre de Yukio Mishima era Kimitake Hiraoka. Nació en Tokio el 14 de enero de 1925. Su padre, Azusa Hiraoka era secretario de Pesca del Ministerio de agricultura, aunque Yukio fue criado por su abuela, Natsu, que se lo llevó y lo separó de su familia durante varios años. Natsu pertenecía a una familia vinculada a los samuráis de la era Tokugawa y depositó todas las esperanzas aristocráticas sobre su nieto, al que puso el nombre de “Kimitake”, cuyo significado es: “príncipe guerrero”. Natsu padecía de fuertes dolores y crisis de violencia y locura. A la edad de 12 años, Yukio escribió sus primeras historias. Una de sus aficiopnes era la lectura, sobre todo los clásicos como Wilde, Rilke y otros autores japoneses. Natsu exigió que Yukio acudiera a la escuela aristocrática Peers, a pesar de que su familia no era adinerada. En esta escuela pasó 6 desgraciados años. Aunque su padre le prohibió escribir historias, él lo hacía a escondidas cada noche.Mañana se cumplen 41 años del fallecimiento del autor, cuyo legado se encuentra en los límites de lo real y lo fantástico.
Su novela Confesiones de una Máscara, imprescindible para conocer la obra posterior de Yukio, dibuja un Japón en la Segunda Guerra Mundial en el que su protagonista, un alter ego del autor, vive su niñez y juventud con una cierta idealización hacia todo lo patriota y lo bélico, entre amigos y amigas cuya relación es tan fría como profunda. Quizá esta novela, aunque de ficción, sea uno de los escritos más realistas de Yukio, en el que se presenta a sí mismo como escritor y como ciudadano de una sociedad en la que las tradiciones no solo son respetadas, sino que son amadas.
Yukio estuvo exento del servicio militar por padecer tuberculosis. El no poder participar en la guerra lo vivió como una humillación. Se graduó en Derecho en la Universidad de Tokio en 1947 y obtuvo un trabajo como funcionario en el Ministerio de Finanzas japonés. Un año después dimitió y dejó atrás una prometedora carrera para dedicarse a la escritura.
Cada cuento de Mishima es una pequeña abstracción de cómo lo imposible puede acontecer. Su afilado estilo acaba con la historia con un corte seco e imprevisto para el lector. No es posible preveer un final de Yukio. Los personajes del autor emergen en una sociedad terriblemente existente en la que se suceden hechos que sobrepasan lo imaginado. La perla muestra como una pequeña joya puede causar un infortunio social entre damas, o como un cruce de miradas malentendidas, en El sacerdote del Templo Shiga y Su Amor, puede condicionar por completo la vida de dos personas. El estilo Byroniano (“compórtate. Bien o mal, pero compórtate”) está presente en toda la obra del autor y rige el trascurso de los acontecimientos. Muchos de sus cuentos, con una sátira desbordarte, recuerdan en cierto modo a Oscar Wilde, pero con la divergencia actitudinal de ambos contextos culturales. Esta tendencia de Yukio no es casualidad, ya que él mismo confesó su gusto por el escritor británico y por los clásicos romanticistas. En El niño que escribía poesía nos encontramos con un personaje cuyo gusto por la escritura proviene de la lectura de los grandes del romanticismo, a los que quiere imitar en estilo de vida y en estilo de muerte.
Dedicado profesionalmente a la escritura, Yukio quiso dejar atrás la imagen de un jóven débil y enfermizo. En 1955 comenzó a practicar entrenamiento con pesas realizando una estricta actividad física de tres sesiones por semana. Asimismo se instruyó en el arte del Kendo. Mishima, aunque frecuentó algunos bares de ambiente, nunca estuvo con un hombre (no en Japón). En 1958 contrae matrimonio con Yoko Sugiyama, con la que tuvo una hija y un hijo. En el año 1967 Mishima se alista en las Fuerzas de Autodefensa de Japón formando un año después la Tatenokai (Sociedad del Escudo) que, con un fastuoso uniforme que él mismo diseñó, estudiaban principios de artes marciales y disciplinas físicas, que también fueron entrenadas a través de las Fuerzas de Autodefensa de Japón bajo la supervisión de Mishima. Con la Tatenokai pretendía rescatar los valores nacionales de su Japón tradicional.
El Marinero que perdió la gracia del mar se presenta como una novela corta de corte costumbrista. Nada más lejos de la realidad. Sorprendentemente, personajes y acontecimientos trascurren sin que el lector pueda hacer nada para evitarlo. Sin que el orden de las cosas se altere, dentro de una perfecta trama, todo permanece en calma tras sufrir la hecatombe provocada por la pluma de Yukio. Patriotismo, en cambio, ofrece lo contrario. Ya desde el comienzo se conoce el final y su transcurso no es más que el relato perpetúo de la recurrente fantasía de muerte del autor.
Mishima escribió varios ensayos entre los que destaca Bunka boueiron (En defensa de la cultura) donde defiende la figura del emperador como la mayor señal de identidad de su pueblo. Algunas de sus obras se levaron al cine y fueron personalmente revisadas por el mismo autor, en más de 30 películas. Su carrera de director se reduce a un único corto, Yukoku, en 1966.
Yukio Mishima se considera como uno de los escritores más representativos de la postguerra en Japón. Con su lectura se tiene la oportunidad de descubrir un estilo único y un contenido que rompe las barreras entre lo real y lo imaginado.
Escrito por P. Borrego








