Nova: Tenemos chico nuevo en la oficina

La definición del héroe, en según qué casos, va mucho más allá de las cifras de ventas. Nosotros, como lectores voraces, alimentamos nuestros universo personal con personajes que viven más de nuestras filias y fobias que de su importancia real en el mundo en el que se mueven. Gracias a esas afinidades, sobreviven ciertas cabeceras, que se mantienen siempre en el filo del desastre editorial, pero aguantan mes a mes por una mínima guerrilla de creyentes, muy lejos de las legiones que fortalecen las piedras angulares de uno u otro sello corporativo. Hoy dedicamos este espacio a hablar de uno de esos conceptos que enriquecen de manera definitiva el mundo del cómic. Aplaudimos, chicos y chicas, al eterno segundón.

Ese es el espíritu que da forma a toda la mitología que rodea al personaje del que hoy hablamos. Nova nacía de las mentes inquietas de dos pesos pesados de la industria; nada más y nada menos que Mark Wolfman y John Buscema son los papás de la criatura, con la intención de construir una especie de Spiderman cósmico. No es que tengamos poderes arácnidos de por medio, pero sí la esencia de aquellos primeros cómics ideados por el equipo formado por Lee Y Ditko. Concepción humana en comunión perfecta con el lector y sus historias cotidianas, que trascendían los consabidos clichés del género (y creaba otros nuevos, pero eso es otra historia). En su primera encarnación, el poder de Nova recaía en un adolescente que en ningún momento pensó que el destino del universo conocido dependiese de su valor y convicciones. Richard Rider es seleccionado por un alienígena agonizante como heredero digno de los poderes que confiere su casco. Así, de primeras, su origen nos recuerda al de uno de los estandartes de la distinguida competencia, el insigne Green Lantern. Incluso, con el tiempo, el joven Rider descubriría que no es el único Nova, y que hay todo un ejército de ellos para combatir las terribles amenazas a lo largo del universo. Pero la propuesta de Wolfman y Buscema estaba muy lejos del alegre plagio, y se construía con un rico contexto e identidad propia, ya que el joven Rider se enfrentaba a sus problemas como adolescente al mismo tiempo que se partía la cara contra peligros tan grandes como el universo. Nova2

Pero el mundo del cómic es ingrato, y la colección cerró a finales de los 70 tras una veintena de números, más o menos. Admito mi total ignorancia sobre lo que ocurrió con el personaje a lo largo de los siguientes años, así que me traslado a principios de los 90, tiempo en el que me encontraba de manera real e importante con el personaje. En ese tiempo, Nova pertenecía a los New Warriors, el intento de Marvel por colar su grupo adolescente en el mercado, en plena fiebre por los equipos de alocados jovenzuelos. Reaparecía con el nombre de Kid Nova, establecía una relación sentimental con Namorita, y aguantaba el tipo junto con los suyos hasta el cierre de la colección en 1996. A pesar de que era una apuesta importante, que contaba en principio con un equipo creativo muy potente (Fabian Nicieza en el guión y Mark Bagley en los lápices), las ventas pusieron punto y final a una colección que era producto de su tiempo.

Tras esa agridulce etapa, intentos varios y variados de reconstruir la identidad del personaje como cabecera propia, aunque en el camino, Richard Rider perdía todos aquellos puntos de conexión con su planteamiento inicial. En poco tiempo, Nova se mostraba como un personaje trágico, maltratado por un destino cósmico que, quizá, le quedaba un poco grande a aquel simpático adolescente que aceptó tal cantidad de poder en los más ingenuos años 70. El cuerpo Nova era destruido y él quedaba como último soldado de lo que antaño era un orgulloso grupo de defensores. Además, tras un periplo fuera de La Tierra, encontró a su regreso al un escenario sobrecogedor, la guerra por el Acta de Registro Superhumano, que se había cobrado la vida de algunos de sus compañeros en los Nuevos Guerreros, incluida Namorita.

Lo último que sabíamos de las aventuras de Richard Rider fue lo que pudimos leer en la miniserie El imperativo Thanos, evento cósmico en el que quedaba atrapado en un universo paralelo, tras un enfrentamiento suicida contra el Titán de moda (porque no te estarás perdiendo Infinito, ¿verdad?). Entonces, si el Nova de toda la vida está por ahí perdido en el Multiverso, ¿quién es el que porta ahora el estandarte del personaje?

Os presento a Sam Alexander. Vive en un pueblo insignificante, con las perspectivas de futuro que se pueden tener en medio de una nada insidiosa y asfixiante. Tiene que lidiar con una rutina lineal, basada en esquivar a los matones del instituto y mantener la compostura ante una situación familiar un tanto dramática. Su padre vive sumergido en un mundo de fantasías  alimentadas por el alcoholismo. Ha contado historias a sus hijos sobra sus aventuras en el cuerpo Nova desde el instante en el que llegaron al mundo, y ahora Sam considera a su padre un tirado carcomido por la añoranza a una alucinación. Sam se mueve entre el desdén y la pena. Pero ocurre que el chico, por una sucesión de acontecimientos, ha de aceptar que el universo épico que rememoraba su padre es una realidad, y que es momento de reclamar su legado si quiere sobrevivir al encuentro con un mal recuerdo de los tiempos de soldado de su progenitor. En un instante, Sam ha pasado de adolescente corriente y moliente a salvador del universo. Nova, Gamora, Mapache

Y así nace un héroe. Es lo realmente emocionante de la propuesta de Loeb y McGuinnes, un regreso al pasado con todas las de la ley para ofrecernos el inicio de algo que algún día puede ser tan grande como el propio concepto de héroe. Armado con toda la inocencia que se espera de un personaje que se mueve en esa linea tan complicada que es la que separa al niño del hombre en el que se está convirtiendo, envuelto en la trascendencia que conlleva cada una de sus acciones, y más cuando es el futuro de la galaxia lo que tiene en sus manos.

Es un viaje hermoso que Loeb comparte con nosotros. Cuando Sam vuela por primera vez, algo se nos encoje en el estómago. Nos divertimos gracias al encontronazo con Mapache Cohete en el hospital. Sentimos el peso de su día a día, y, si las cosas se ponen complicadas, asistimos expectantes al conflicto con auténtica emoción. Porque estamos en un punto que reconocemos, en el que hemos estado muchas veces, como lectores y como personas. Ese punto en el que, con los años, fijas tu mirada, ves todo el camino recorrido y dices, “Ese día, ese instante, ahí comenzó todo”.

Jeph Loeb, cuando quiere, es un escritor de primera. Ha construído su leyenda gracias a su memorable visión de Batman en El Largo Halloween y su secuela (en mi opinión, superior a su predecesora, pero es algo personal) Victoria Oscura, acompañado por el excepcional Tim Sale en el apartado artístico. Donde ha demostrado la fortaleza de sus historias es en esas narraciones con cierto aire intimista, en el que recorre el aspecto emocional de sus personajes (magistral la construcción de secundarios, por ejemplo, en el citado periodo con Batman). Un escritor sensible, pero que esgrime un poderoso sentido de la épica que demuestra en los rotundos climax de sus historias llenas de matices. El problema es que, a veces, se deja llevar por una especie de gigantismo innecesario que convierte sus cómics en excesivos ejercicios de nulidad, más cercano a las películas de Michael Bay que al magnífico escritor capaz de ofrecer al mundo algo tan hermoso como Cuatro Estaciones, excelente acercamiento al mito de Superman desde un punto de vista personal y emotivo como pocos se han hecho.

Por suerte, en Nova ha encontrado el equilibrio, y plantea un in crescendo que recoge todos los aspectos de una narración propia del género. El viaje del héroe en toda su grandeza; el héroe que se enfrenta a un destino imposible, consecuencia del pasado que desconocía. La negación que da la cara a la aventura, la aceptación final de su naturaleza, el desarrollo de alianzas y la aparición del villano, la lucha por el objeto mágico y el bien y la nobleza que prevalecen por encima de la codicia y el poder. Las piezas clave que llevan funcionando desde que el hombre se sentaba a la luz del fuego en las cuevas para contarnos esa historia que hemos escuchado mil veces, pero que nos sigue emocionando como si fuera nueva. Una historia, que, al fin y al cabo, trata sobre la trayectoria vital de un chico que había perdido la fe en lo maravilloso, hasta que lo maravilloso entra en su vida de manera definitiva. Nova y chitauris

En los lápices, un tipo con el que no puedo ser objetivo. Ed McGuinnes es uno de los culpables de que hoy en día ame los cómics. Hace muchos años que me enganchó su estilo vivo y divertido en sus días al frente de Deadpool (etapa que es, posiblemente, la más divertida e ingeniosa de una colección de cómic USA, con permiso de la Liga de la Justicia de  DeMatteis y Giffen, salvando las distancias cósmicas entre una y otra), y, por suerte para el mundo, sus señas de identidad siguen intactas. Espectacular sin estridencias, detallista, maestro del sentido del ritmo, las viñetas de McGuinnes son un ejemplo de trazo limpio y gusto clásico. Un acierto que dinamiza la concepción de este nuevo Nova.

La historia no ha sido amable con Nova. A pesar de los intentos, de su carácter de de culto, los rebotes imposibles a lo largo del universo Marvel, algo ha trastocado los planes para el personaje. Esperemos que esta ocasión sea la definitiva. Tiene los ingredientes para un triunfo. A ver qué dice el tiempo. De momento, disfrutemos de un comienzo. No todos los días somos testigos de un primer paso. Y menos, si ese paso nos lleva hasta La Luna.

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