Reseña de RoboCop 2

RoboCop 2 cartel

Atención: pueden haber spoilers

El éxito de RoboCop (1987) había sido considerable. Al margen de la recaudación en taquilla (que fue de 53.424.681$ solo en E.E.U.U., esto es, 5 veces más de lo que costó), el personaje nacido de la pluma de Edward Neumeier y Michael Miner y cincelado por Paul Verhoeven era ya un icono cultural, presente en productos televisivos y con línea de juguetes. En consecuencia, la secuela parecía inevitable. Sin embargo, tendría que ser sin la participación de Verhoeven, verdadera alma mater del primer film, quién ya había anunciado su escaso interés en dirigir secuelas. El sustituto del realizador neerlandés fue Irvin Kershner, un director con mucho oficio y habituado a recibir encargos, fundamentalmente conocido por rodar Nunca digas nunca jamás (Never Say Never Again, 1983) y especialmente El Imperio contraataca (The Empire Strikes Back, 1980). El respeto por la herencia recibida será una de las notas fundamentales del trabajo del director, algo en lo que abundaremos más adelante.

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Además del director de la primera parte, llama la atención que los creadores del personaje y guionistas de la misma también se bajaran del barco. Ahora bien, el encargado de sustituirlos no era un guionista cualquiera, sino el afamado guionista y dibujante de cómic, Frank Miller, entonces en la cumbre de su carrera. El artista de Maryland había firmado en los años precedentes obras de la importancia de El regreso del Señor de la Noche (The Dark Knight Returns, 1986) o Born Again (1986), junto al dibujante David Mazzuchelli, con el que también trabajaría en Batman: año uno (Batman: Year One, 1988). La elección levantó el aplauso unánime de los seguidores del policía de Detroit, no solo por su talento como escritor y su habilidad para introducir temática política y social en aventuras de héroes, sino porque además había una comunión estilística entre lo que Miller había hecho en El regreso del Señor de la Noche y lo que Verhoeven había visualizado para RoboCop, siendo el paradigma el uso de los informativos para describir una sociedad con tintes distópicos.

Frank Miller haciendo un cameo en RoboCop 2
Frank Miller haciendo un cameo en RoboCop 2

Ahora bien, lo que parecía un matrimonio feliz entre Orion Pictures y Miller empezó a revelarse como una relación algo tormentosa. El guionista, acostumbrado a escribir para un medio donde la imaginación puede fluir con mayor libertad, como el cómic, concibió una historia que sí respondía a la singular naturaleza del universo RoboCop, pero que en palabras del productor Jon Davison, era “infilmable”. Podéis ver la historia tal y como la había concebido Miller en la reseña de nuestro compañero Antonio Cañestro sobre el cómic que se publicó dando a conocer la visión original del autor. Se encargó a Walon Green, conocido por escribir el guion de Grupo Salvaje (The Wild Bunch, 1969), entre otras; que reescribiera el libreto de Miller. Finalmente, eliminó partes enteras —que luego fueron aprovechadas para RoboCop 3 (Fred Dekker, 1993)— y rebajó la crudeza de alguna escena. Hay que señalar que se nota el recorte en el conjunto de la película, que abre varias vías muertas argumentalmente hablando, como la microtrama de la viuda de Murphy: no aporta absolutamente nada a la cinta y descubre uno de los momentos más dudosos de la película, que se toma demasiado en serio a sí misma (cosa que no hace en el resto del film) y nos regala esa estupidez supina de ver a Murphy explicándole a su antigua esposa que lleva la cara de su difunto marido “en homenaje a él”, despojando de todo sentido a una secuencia a la que se dedica demasiado tiempo para tratar un asunto al que nunca se vuelve a hacer mención.

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Decíamos más arriba que Kershner fue muy respetuoso con el legado de Verhoeven, probablemente consciente de los cimientos sobre los que se había asentado el éxito de la primera parte, convertida en película de culto. Tanto es así que apenas hay cambios importantes. En el reparto, volvemos a encontrar a todos los personajes/actores importantes: Peter Weller vuelve a enfundarse el traje de RoboCop (ahora con un tono mucho más azulado que en su predecesora); Nancy Allen vuelve a ser la fantástica Lewis (y naufragando en las escenas de acción, algo por otra parte disculpable), Daniel O’Herlihy repite como El Viejo… En las tramas tampoco hay grandes novedades, a pesar de lo que pudiera parecer. Se mantiene como base la dualidad hombre/máquina en forma de la lucha del personaje contra su programación (en la primera parte, la Directiva IV y en la presente, la reprogramación “disfuncional” de la Dra. Faxx), repitiendo el concepto mesiánico de resurrección como liberación, en lo que quiero detenerme un momento. En la cinta predecesora, Verhoeven jugaba con la muerte del personaje como catarsis y potenciación. Primero, Murphy muere a manos de sus asesinos y regresa con la fuerza necesaria para hacer justicia; posteriormente, vuelve a morir, ahora metafóricamente, al ser traicionado por sus compañeros del cuerpo de policía de Detroit y solo tras esto recupera su humanidad, al despojarse, de nuevo metafóricamente, de su parte de máquina (en forma del casco que le cubría el RoboCop 2-4rostro y su autoapuntado). Aquí, Kershner mata a RoboCop desmontándolo sin piedad (y homenajeando la secuencia en que seguimos en primera persona la creación de RoboCop, a la inversa), pero cuando regresa a la acción, lo hace con una programación alterada; debe, en consecuencia, volver a sufrir para aliviarse de esa carga y volver a su humanidad, lo que le da la fortaleza. Es evidente que la exposición de Kershner es mucho menos brillante que la de Verhoeven, pero no hay duda de que la temática se repite en forma y fondo.

También, claro, la crítica nada velada a las grandes compañías vuelve a ser un leit motiv. De nuevo proféticamente, podemos ver como la OCP deja que los servicios públicos de la ciudad se colpasen para reivindicar que la gestión pública no es eficaz (casualmente, como hacen en la actualidad muchos gobiernos de corte neoliberal) y mostrar la privatización como la única salida. Su intento de privatizar la ciudad de Detroit, que se encuentra en quiebra (como la actual) deja a las claras quién es el auténtico villano de la función (otra vez, dejando en peor lugar al villano yuppie que al de la calle, en este caso Caín).

Dentro de este respeto de no traicionar lo establecido (que se aprecia y se siente a lo largo de la película), sí hay que decir que la cinta sufre de algo muy común entre las secuelas, el “more, more and more“. Sí, sigue ahí la mala baba en lo social y el humor negro, muy negro. Pero el tono general de la película pasa de ese gris en el que tan cómodo se movía Verhoeven a algo mucho más grotesco y exagerado, más próximo a la comedia con salpicaduras de mala leche que a lo hecho en 1987. Así, del mismo modo que la RoboCop original mostraba su tono en los diez primeros minutos, esta sigue su estela y es ahí ya donde de forma inmediata se percibe ese salto, con el anuncio de MagnaVolt que abre la película (acompañado de una mucho más ligera música de Leonard Rosenman, en comparación con la de Poledouris) y el informativo MediaBreak, que también sube la apuesta y muestra unas noticias todavía más absurdas que su antecesora. A continuación, el travelling de una calle de Detroit acaba por confirmar que esto no es exactamente lo mismo que habíamos visto unos años atrás. Lo cual, por cierto, no tiene que ser necesariamente malo. Simplemente es diferente y sirve, naturalmente, para dotar a esta secuela de una personalidad fuerte y, de algún modo, separada de lo hecho por el neerlandés, a pesar de la gran cantidad de elementos comunes que comparten.

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Una vez asumida esa diferencia tonal, se puede disfrutar por completo de una película como RoboCop 2 que no es fácil de visionar. Porque, sí, es grotesca, pero es muy buena en lo suyo y no se avergüenza de serlo, como bien prueban la escena en que vemos a los prototipos de RoboCop 2, que uno de los principales villanos de la función sea un niño o las fantasmales presencias de Elvis y la Madre Teresa de Calcuta. RoboCop 2 es una realidad con apariencia de delirio, pues debajo de todas esas capas de sinsentidos y exagerados comportamientos y situaciones, se encuentra una acertado vistazo hacia determinadas actitudes sociales y de los poderes económicos, hacia realidades que están más presentes que nunca en estos tiempos que corren. Siempre, además, sin miedo a ser políticamente incorrecta e irreverente. Todo ello coloca a esta secuela como una digna sucesora de aquella película que sorprendió en 1987.

[xrr rating=3.5/5]

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