Crítica de ‘Exodus: Dioses y Reyes’

Crítica de Exodus: Dioses y Reyes
Bale desatado

Hollywood sigue con su mirada a la Biblia y tras el Noé de Aronofsky, avanzamos unas páginas más en el Antiguo Testamento y llegamos a la historia de Moisés, ahora de la mano (firme y espectacular) de Ridley Scott.

Lo primero que hay que decir de esta película es que es grandiosa en producción: su vestuario, sus decorados (aunque muchos sean por CGI), la puesta en escena en sí es grandiosa y será, por derecho propio, una de las claras favoritas a los próximos premios Oscar. Por desgracia, el cine es mucho más.

Y es que llevamos varios ejemplos en los que los directores gastan todas sus fuerzas en mostrarnos el ambiente de la manera más realista posible (ya sea histórico, bíblico o futurista), y este enorme y loable esfuerzo se resiente en otros aspectos fundamentales de la película como, por ejemplo, el guión.

La historia (épica y dramática) de Moisés es por todos bien conocida, y no va a sorprender a nadie, por lo que Scott ha optado por lo que mejor sabe hacer: deslumbrarnos visualmente. Esta es una película magnífica, maravillosa… en el aspecto visual. Es imprescindible disfrutarla en pantalla grande. Pero, como ya sucediera con otras como Titanic o Avatar, tras el “oropel vacuo”, ser espectador de estas obras en formatos más pequeños (aunque sean 60” de Smart TV) hace que sus muchas carencias sean imposibles de obviar.

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Egipto en toda su majestuosidad

¿Y cuáles son estas carencias? Varias, y casi todas de guión, argumento y trama, salpicadas por algún fallo en la interpretación. Y vamos a ello sin soltar spoilers, por supuesto.

Siguiendo con otra moda actual de Hollywood, la conocida historia pasa a ser una película de acción al más puro estilo años 80, maquillada con pasajes más tranquilos que pretenden ser instrospectivos cuando lo único que llegan a ser es aburridos. Y es que habrá dos clases de espectadores que asistan a esta película: los que no sepan lo que van a ver y los que vayan completamente conscientes de lo que les espera. Y a ambos defraudará.

Si no sabes qué va a ver (aunque el tráiler ya te lo indica claramente), creerás ir a ver una película entretenida (con sus retazos de acción) pero, sobre todo, bien dirigida e interpretada, y con un guión sólido e interesante. Lo siento por ti. No obstante una vez adentrados en la trama, puede que nos dejemos llevar e intentemos disfrutar de una historia de acción bien fotografiada. En ese caso, nos ocurriría lo que al otro grupo de espectadores.

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Introspección

El otro grupo es el que sabe a lo que va: espectadores informados a los que no les importa ver una buena película de acción. Por desgracia, existen esos parones de los que hablábamos antes, en los que el guión falla estrepitosamente al intentarnos presentar el conflicto emocional de los personajes y que nos sacan completamente de la historia.

Bien sea por el fallido (y excesivamente simple guión), bien sea porque algunas interpretaciones son casi automáticas o exageradas, el caso es que no nos creemos a la mayoría de los papeles: Sigourney Weaver está desperdiciada como la madre de Ramsés. Aaron Paul y María Valverde apenas si pueden ejercer de actores con sus mínimos papeles. ¿Y qué decir de Christian Bale? Cumple con su papel de líder, de guerrero atormentado y preparado para cualquier enfrentamiento gracias a su fuerza y agilidad y su capacidad de mando y estrategia… Decididamente, su paso por la Liga de los Asesinos aquí muestra sus frutos.

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Llega Bruce

Este trabajo de Scott se parece (y mucho) a la premisa inicial de Gladiator: rivalidad (fraternal) entre los dos protagonistas, con una clara preferencia del “padre” por uno de los hijos, pasión/ira descontrolada de uno contra inteligencia/estrategia del otro y la suerte (o la mano de Dios) del lado de uno de ellos. Incluso tenemos una batalla que nos muestra claramente que Moisés es el claro sucesor. Pero a diferencia de aquella, en ésta la relación de los hermanastros no está bien construida, por lo que el drama de su enfrentamiento no tiene la fuerza que debería (recuérdese la película de animación El Príncipe de Egipto).

En resumen, con una parte central espectacular gráficamente (magnífico trabajo del director de fotografía Dariusz Wolski y el diseñador de producción Arthur Max), un comienzo algo lento y una parte final que muchos tacharán de exagerada, el resultado final es muy irregular, dejando un amargo regusto de haber visto una historia que no llega ni de lejos a ser lo que apuntaba en algunos momentos. De nuevo, un “quiero y no puedo” del último Ridley Scott.

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