Sitges 2015. Días 6 y 7: Premio Minotauro y la cara más oscura del festival

Crónica de estos días en la que os contamos qué nos han parecido 'Macbeth' y 'Green Room', entre otras

Macbeth

Ya se acercan los últimos días del Festival de Cine Fantástico de Sitges, pero aquí no se paran máquinas. Os contamos lo más destacable de estos días, en los que hemos tenido el placer de asistir a la presentación del Premio Minotauro de este año.

El Premio Internacional de Ciencia Ficción y Literatura Fantástica de Ediciones Minotauro ha vuelto a presentarse en Sitges este año. El fallo del jurado, compuesto por el productor de cine Adrián Guerra, el ganador de la XI edición Carlos Molinero, el director del Festival de Sitges, Ángel Sala, la directora editorial de Minotauro, Marcela Serras, y el escritor Javier Serra tuvo lugar en julio, como bien os contamos. El premio se lo llevó el autor Elio Quiroga (Las Palmas de Gran Canaria) por su novela Los que sueñan.

Elio Quiroga
El escritor Elio Quiroga firmando ejemplares en el espacio FNAC

Ya es el segundo año que Sitges tiene el placer de ser la sede de celebración de la entrega del premio, la rueda de prensa y la posterior presentación pública, que ha tenido lugar en el espacio FNAC, una enorme carpa situada delante de la alfombra roja del Auditorio. De manera distendida, el autor ha echado mano de su encantadora personalidad para hablarnos de las características que hacen tan especial este libro. Nos ha contado que la novela camina entre géneros y que tras giros de argumento, el lector siempre se encuentra con algo nuevo y sorprendente. También ha explicado que la novela desembocará en una lucha entre ciencia y religión, en el que el hombre se liberará de las “religiones de libro” en contraposición a la dependencia tecnológica a la que estamos sometidos todos día a día. Y es que Los que sueñan combina a la perfección géneros como el terror y la ciencia ficción sin descarrilarse en ningún momento y, por el contrario, desafía al lector constantemente. Todo gracias al ingenio de Elio Quiroga que, además de ser escritor, es guionista, productor y director de cine.

Estos días también hemos podido ver películas de todo tipo. Algunas, como Youth de Paolo Sorrentino, que no encajarían demasiado en el perfil cinematográfico de Sitges, pero que tratándose del último film del ganador de un Óscar por La Gran Belleza, no podía quedarse fuera de la parrilla del festival. El film cuenta con Michael Cane, Harvey Keitel y Rachel Weisz como intérpretes principales y aunque 

También pudimos asistir a la sesión de Green Room en el Auditorio, un film que, por el contrario, parece estar hecho para este Festival. Nos cuenta la historia de un grupo de punk rock que acaba metido en una lucha sanguinaria con una banda de skins encabezados por, nada más y nada menos que Patrick Stewart (el bueno de Charles Xavier). La historia empieza como un thriller cualquiera, pero a medida que va avanzando la trama, nos va desmontando todos los clichés mediante un humor negro que resulta elegante y brutal a la vez.

Green Room

Siguiendo con las películas destinadas a ser proyectadas en Sitges tenemos The Devil’s Candy, una producción norteamericana en la que terror, thriller y drama familiar se funden entre acordes de heavy metal a todo trapo.

Pero para ser sinceros, lo más perturbador que hemos experimentado estos días ha sido Ludo. Este film importado directamente desde la India nos muestra cómo la concepción del terror según las tradiciones y la cultura puede ser muy dispar. Un grupo de jóvenes pasan una noche de fiesta en la gran ciudad, pero por ciertos motivos acaban encerrados en un centro comercial junto a una pareja que les propone jugar a un juego de mesa llamado Ludo. ¿Os recuerda a Jumanji? Pues nada más lejos: mantenerse sin el estómago revuelto nos distrae del sinsentido y la falta de coherencia que envuelve esta pieza repleta de vísceras y sangre.

Y no podemos acabar sin hablar de Macbeth, en la que hemos disfrutado del texto de Shakespeare interpretado por un magnífico y delirante Michael Fassbender y una gélida y manipuladora Marion Cotillard. Adaptar al mayor autor de todos los tiempos tiene algunos handicaps: el primero es que no es concebible cambiar ni una coma del texto original, repleta de soliloquios mucho más adecuados para un escenario, sin perturbar su esencia; el segundo, es poder transmitir todo el discurso interior de los personajes sin que sea forzado. Ya solo con conseguir esto, el film valdría el peso de todo el Auditorio en oro, pero además, debemos añadirle la maestría con la que el director ha jugado sus cartas: la estética del film es impecable.

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