Reseña de ‘Moby Dick’, de José Ramón Sánchez

Panini edita Moby Dick

Olor a salitre; el Pequod rompe las olas a la búsqueda de un monstruo, mientras el capitán Ahab otea el horizonte con sus ojos inundados de ira. La locura se respira en la cubierta, y hombres rudos, curtidos en mil cacerías, tienen pesadillas con su propia muerte. La ballena blanca, Moby Dick, grande como una isla, astuta como el diablo, poderosa como la furia de un tifón, espera en algún lugar del océano. El último viaje del Pequod nos llega a través de los recuerdos de un muchacho que sobrevivió al desastre. Podéis llamarle Ismael.

De verdad, que se me ponen los pelos de punta cuando recuerdo el fabuloso viaje que supone ‘Moby Dick’, novela que se merece por derecho propio su pertenencia a las mejores obras literarias de todos los tiempos. En sus más de 700 páginas, Herman Melville aúna las maravillas del relato de viajes con un fastuoso universo de simbolismo, donde elucubra sobre los demonios del alma humana en el viaje a los infiernos que se ha convertido en leyenda. Admito que mi primer contacto con el capitán Ahab y compañía no se debe a la lectura de la novela. Sí a recuerdos de niñez de la genial adaptación al cine llevad a cabo por John Huston con Gregory Peck como imagen de la locura en su genial interpretación del desequilibrado marinero.

Años después, alguien que sabía lo de mi pasión por esa película, me regaló la novela. Una edición que conservo con mucho cariño, ilustrada por Rockwell Kent, artista bastante peculiar que captó la esencia del libro con un curioso sentido lóbrego y oscuro, que alimentaba lo pero del ambiente insano de la cubierta del Pequod.

Ahora, en el 2017, otra nueva visión del mito llega a nuestras librerías, y consigue, otra vez emocionarme, con esa historia que sé de memoria, tan plagada de matices y reflexiones con la que Melville consiguió que cada lector viviese una experiencia diferente a bordo del infame ballenero. Además, esta obra tiene el valor añadido de que aúna mi pasión por al historia de la ballena blanca con otro de mis amores eternos: el cómic.

José Ramón Sánchez, maestro ilustrador, se enfrenta por primera vez, a sus 80 años, al lenguaje propio del cómic, tras décadas dando ejemplo de profesión al dotar de identidad visual a grandes obras de la literatura universal. Claro está, no es lo mismo ilustrar que narrar con imágenes, así que es de aplauso la valentía de un autor que, a estas alturas, no necesita meterse en según que charcos. Pero, con las mismas, tampoco debe explicaciones a nadie. Transforma su visión particular de la batalla infernal entre Ahab y Moby Dick en una delicia visual, tan rica y llena de cariño por la obra original que significa una obra con sentido propio, más allá de la simple adaptación.

Cazadores de ballenas

Para el despliegue visual de este ‘Moby Dick’, José Ramón Sánchez ha escogido el arma más simple. Con un lápiz y una visión casi expresionista en el uso de la iluminación consigue una atmósfera de melancolía, que roza lo onírico en un despliegue de realismo mágico que bebe del poderoso simbolismo de la obra de Melville. Armado de sencillez extrema, Sánchez derrama sobre el papel en blanco todo un universo de pequeños detalles, de silencios y soledades en medio de la enorme nada que es el océano, espejo de la obsesión malsana del Ahab, capaz de arrastrar hacia el infierno a su tripulación completa en pos de venganza. Capta a la perfección las emociones que se desprenden de la lectura de ‘Moby Dick’, las piezas que componen el fabuloso mundo de la novela. La amistad fraternal, la melancolía, la rutina de un oficio en el que lso tripulantes del ballenero se juegan la vida, la crueldad de la caza, la emoción tras el “¡Por allí resopla!”… todo un recorrido por las alegrías y miserias humanas, que dan sentido a la grandeza de ‘Moby Dick’ más allá de la consabida furia de Ahab.

El neblinoso universo plasmado por Sánchez en las páginas de este ‘Moby Dick’ es de turbadora belleza, de enorme clasicismo y, por eso mismo, ejemplo de inconformismo y libertad creativa. El ‘Moby Dick’ de Sánchez ya se puede contar como una de las grandes obras del blanco y negro, demostrando que se puede hacer mucho a partir de conceptos muy simples, que funcionan de manera espectacular en los ojos del lector. Todo un viaje a través de una versión novedosa de la historia que hemos vivido mil veces, pero transformado en algo diferente, gracias a la experiencia de un maestro.

En el apartado literario, José Ramón Sánchez ha encontrado en Jesús Herrán Ceballos el colaborador necesario para trasladar los textos de Melville a la versión literaria en viñeta. Reducir la densa obra del escritor americano para que sea traducible al lenguaje del cómic no es tarea sencilla. ‘Moby Dick’ es una novela extremadamente compleja en estructura y ejecución, y es fácil reducir al mínimo los matices de tan monumental obra maestra. Herrán Ceballos sale airoso de la empresa, y con mucha elegancia escoge con acierto los pasajes más reconocibles de la novela. Como es evidente, renuncia a la densidad agobiante que luce el ‘Moby Dick’ original, y se centra en las sensaciones para marcar el tono de esta adaptación, donde, además, el protagonista claro es el arte de José Ramón Sánchez.

Ahab, el rostro de la locura

Un lujo, que me ha sorprendido en todos los aspectos, y ha devuelto las sensaciones de conocer a Ismael, Quiqueg, Ahab, el sufrido Starbuck, y el resto de la tripulación del Pequod. Tan bestial como la primera vez que vi, con ojos de niño, la locura de un hombre que entregaba su razón a una cruzada. Como decía, ‘Moby Dick’ tiene muy diferentes lecturas, incluso dependiendo del lector. Metáfora de la lucha del hombre contra la naturaleza incontrolable, historia de mar, descripción de una era de épica y miseria a partes iguales, un mosaico de caracteres humanos…

Lo mejor es leer y sacar las propias conclusiones. Y qué mejor manera de afrontar el encuentro con la ballena blanca que con este fabuloso volumen que nos traduce en hermosas e impactantes imágenes una obra inmortal.

‘Moby Dick’, de José Ramón Sánchez, se edita por el sello Evolution comics, de Panini. Se trata de un volumen elegantemente encuadernado en tapa dura y con gran calidad de papel, que cuida la experiencia de los lectores en una obra de tanto calado visual. La edición se acompaña de varios textos, en los que el autor desvela la historia que hay detrás de esta odisea personal de trasladar a la viñeta la inolvidable travesía del Pequod. Destaca la emocionante carta que el cineasta Daniel Sánchez Arévalo, hijo de José Ramón Sánchez, dedica a su padre. Podrás encontrar este imprescindible tomo en tu librería favorita al precio de 24 euros.

José Ramón Sánchez

Nacido en Santander en 1936, con tan solo 19 años participa en su primera exposición en su ciudad natal, con una colección de caricaturas. Comienza entonces una larga y fructífera carrera como ilustrador y cartelista publicitario, en la cual encontramos trabajos tan diversos como ilustración de libros infantiles o el diseño de carteles para campañas políticas.

También ha colaborado en televisión, en programas infantiles como El Kiosco (1984-86), y participa en el proyecto de cine de animación ‘El desván de la fantasía’ (1979).

Como ilustrador y pintor realiza colecciones de dibujos relacionados con el mundo del cine, e ilustra obras como La Biblia. También publica el libro ilustrado ‘Monstruos, duendes y seres fantásticos de la mitología cántabra’.

En 2014 es distinguido con el Premio Nacional de Ilustración, otorgado por el Ministerio de Cultura.

Moby Dick es el mar y su esencia, la brisa misteriosa, la respiración del océano, una ruta, una persecución obsesiva. La misma obsesión que ha llevado a José Ramón Sánchez, Premio Nacional de ilustración, a navegar durante 16 años en la novela inmortal de Melville.

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