Crítica de ‘La forma del agua’

La forma del agua (8)

Érase una vez una mujer llamada Elisa Esposito (Sally Hawkins), cuyos días comenzaban con un desayuno consistente en unos huevos cocidos, un relajante baño y una breve visita a su vecino, el cual, al igual que ella, vivía encima de una sala de cine que proyectaba películas como ‘Mardi Gras’. Un autobús la llevaba todos los días a su lugar de trabajo, unas instalaciones del gobierno estadounidense donde se encontraba un laboratorio de investigación. Pero Elisa es sencillamente una limpiadora más entre todos los hombres con bata que solo la hablan para que limpie aquí o allá. Y aquí acabaría el cuento llamado ‘La forma del agua’, pero entonces no sería uno de hadas, no sería relatado por Guillermo del Toro, ni tampoco una de las películas más preciosas de los últimos años.

Cuando vamos a ver una película del director mejicano, parece que siempre le pedimos que demuestre en todas las ocasiones su amor por el cine clásico, por el género fantástico y los cómics, por el terror o lo mágico. Y siempre vamos a ver algo de todo eso en sus películas, pero no siempre con el mismo resultado. ‘El laberinto del fauno’ fue una de las primeras ocasiones en que se vislumbró su pasión, pero aún le quedaba dar un paso más, hacer su particular cuento atemporal. Con ‘La forma del agua’, ha conseguido ese propósito con una historia de amor imposible en la que todo lo que lo rodea es enternecedor salvando el peligro de caer en la cursilería.

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Por suerte, el cuento continua. Porque llegado un día, después de los huevos cocidos, el baño, la visita y el autobús, traen al laboratorio un nuevo espécimen en un tanque de agua custodiado por Richard Strickland (Michael Shannon), un amenazante agente del gobierno que sigue el manual del rudo servidor en la Guerra Fría que se vive en esos momentos. Pero a nadie le importa que Elisa y su amiga Zelda (Octavia Spencer) anden cerca del recién llegado. Están ahí para hacer su tarea, nada más. Ah, se nos olvidaba una cosa. En este cuento la protagonista no habla, es muda. Pero tiene muchas cosas que decir.

En un relato de este tipo no puede faltar el príncipe. Por desgracia, un beso no hará que el sapo se convierta en humano de nuevo. Pero no importa, porque Elisa descubre rápidamente que la criatura que retienen en el laboratorio es tan distinta como igual a ella. No pueden hablar con palabras, pero sí con la música, con los gestos, con la mirada. Comienza ahora un baile íntimo al que le acechan todo tipo de peligros, que van desde la propia imposibilidad de que un humano y una criatura anfibia se enamoren hasta el secretismo que debe mantener Elisa para que nada de ello se descubra. El resto del cuento es mejor que lo viváis vosotros en la sala del cine.

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Y mientras que estos dos seres incomprendidos demuestran y defienden su amor, otros personajes orbitan alrededor de la pareja creando un contexto en la que hay cabida para todas las reivindicaciones más actuales. ¿Recordáis al vecino de Elisa? Su nombre es Giles (Richard Jenkins), quien también tiene su particular historia de amor, esta vez más imposible, porque es homosexual y corre el año 1962. Es amable y bueno hasta la ingenuidad, pero no importa si la meta de todos sus actos es que su amiga sea feliz. Lo mismo ocurre con Zelda, la compañera de Elisa. Es la nota de humor en esta historia. Con ella vivimos los momentos más alegres y divertidos pero, al igual que Giles, tiene su particular odisea, porque es una mujer negra y corre el año 1962.

Tanto en la personificación de cada uno de los personajes como en el hilo conductor de este cuento podemos encontrar todas las características y arquetipos que hemos podido ver en la historia del cine de fantasía. Desde el monstruo salido de una película de serie B (o de ‘Hellboy’) pasando por la delicada pero valiente princesa y sus acompañantes a modo de voces de la conciencia, encontramos que nada es nuevo y todo lo es a la vez. Guillermo del Toro aporta tanto de su propia imaginación que moldea el género de la fantasía y el romance con su propia forma, sin descuidar ni por un momento la necesidad de que haya un realismo subyacente. Tiene entidad propia, conseguido en gran parte por el repertorio de actuaciones que se suceden. La protagonista no tiene que hablar para que la entendamos, ni tampoco el monstruo, bajo cuya piel encontramos a un Doug Jones que con su gestualidad habla por sí solo.

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Supongo que el cuento tendrá sus fallos, pero ahora mismo no podría deciros ninguno. Guillermo del Toro ha escrito una fantasía en la que me creo a todos y cada uno de los personajes. Me creo que un monstruo y una limpiadora muda pueden enamorarse. Me creo ese mundo donde un dios acuático es adorado en Sudamérica y a la vez un viejo y tierno ilustrador sueña con el amor de un joven camarero. Y también me creo que todavía pueden proyectarse cuentos en la gran pantalla mientras director y público podamos seguir dejando volar la imaginación.

Reseña
Resumen
Amante de los libros, los libros y los libros. Si tengo tiempo, también leo libros. https://www.goodreads.com/user/show/63313505-temriel

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