El cambio de paradigma en los villanos Disney

Tras más de medio centenar de clásicos en su haber y habiendo superado los ochenta años de recorrido, es lógico que Disney haya tenido que agitar más de una y de dos veces sus fórmulas. Probablemente el ejemplo más claro de esa tendencia sea la evolución de las protagonistas femeninas y las grandes diferencias que podemos apreciar entre la Blancanieves de 1937 y la Vaiana de setenta y nueve años más tarde.

Pero sobre eso hay suficiente literatura —y de gran calidad, todo sea dicho— así que, si me lo permitís, en esta ocasión os hablaré de la otra cara moral de los clásicos. Es hora de hablar de los villanos y de cómo su enfoque, motivaciones y presentación han ido virando a lo largo del tiempo.

Y es que, si bien los cuentos originales en los que se basan los primeros clásicos podrían tener uno u otro nivel de profundidad —especialmente teniendo en cuenta la pluralidad de versionados con la que cuentan estas obras— en sus fuerzas rivales es fácil resumir a estos antagonistas: son claros, son obvios y no necesitan ninguna motivación más que la ganancia personal o la egolatría. Ejemplo claro de esto es la primera villana que se nos presenta en la franquicia de clásicos: la Reina Malvada, que carece de sutileza siquiera en su nombre. Poco después vendría ‘Pinocho’, que nos propone unos antagonistas que tampoco muestran ningún tipo de tapujo para llegar a enriquecerse económicamente.

Dando un salto en el tiempo, pasamos por ejemplos como la madrastra y las hermanastras de Cenicienta —que caen en el clásico tropo del maltrato al familiar de otra madre y no ponen nada nuevo sobre la mesa— o la Reina de ‘Alicia en el país de las maravillas’, que es capaz de dar un pequeño giro de tuerca a la fórmula tirando por la borda cualquier atisbo de lógica en los razonamientos que la rodean a pesar de abusar del poder de forma tirana. También está por ahí el bueno del Capitán Garfio, que añade el interés de un enemigo con una faceta cómica y algo incompetente a la piscina de ideas.

Pero no es hasta ‘La bella durmiente‘ cuando no se produce un giro a la fórmula que se pueda considerar real. Y es que a pesar de la importancia pivotal del personaje epónimo, este filme tiene dos claros grupos protagonistas: las “hadas buenas” y Maléfica, la imponente villana, que se come la cinta. Por primera vez, el grueso del filme pertenece a la facción enemiga. Llegamos a conocer sus motivaciones de forma clara —por muy pueriles y desproporcionadas que puedan llegar a ser—, vemos algunos de los hechos desde otro prisma al que no estamos acostumbrados y, ante todo, tenemos suficiente tiempo de pantalla que nos hace cercanos, para bien o para mal, de la malvada hada.

Durante un tiempo, la fórmula se quiso mantener estable, como si el sabor acumulado se sintiese tan familiar que sólo con un poco de especia fuera suficiente como para acomodarlo. ‘101 Dálmatas’ nos trajo a una carismática aunque extremadamente fácil de odiar Cruella, mientras que ‘El libro de la selva‘ nos ayudaba a entender y a justificar la aversión de Shere Khan a los humanos —aun así no dejaba de mostrarse como un completo déspota con una seria megalomanía y ansias de control, todo sea dicho—. Tampoco hay mucho que pueda defender a un personaje apodado “El Rey Cobarde” en ‘Robin Hood’, claro está.

Y fue con el renacimiento Disney cuando encontramos otra gran agitación de las bases que llevaban dando desde la casa del ratón desde hacía ya décadas. Quizá no de primeras, ya que en ‘La Sirenita‘ Ariel no sólo se enfrentaba a una villana manipuladora —que si bien carismática, no aportaba nada realmente nuevo a la mesa— sino que tenía que hacer frente a la falta de criterio y el desbarajuste hormonal que supone la adolescencia. Eso hacía el filme lo suficientemente interesante como para no tener que invertir de forma clara en el villano de turno.

Pero dos años después llegó ‘La Bella y la Bestia’ y nos trajo a Gastón, que más que un villano directo terminaba siendo una personificación de un concepto: la masculinidad tóxica. El viril cazador pretendía hacerse imperar no en base a la maldad inherente a su persona, sino a la competitividad y la creencia de que su superior físico, su habilidad como cazador y el no perder nunca un desafío le hacen merecedor de cumplir todas sus exigencias. Pero no se queda ahí. Ese tipo de comportamiento, como tóxico que es, se extiende rápidamente entre los miembros de una sociedad sometida a sus influjos. Y poco a poco, al sentir su posición de macho alfa amenazada, va cayendo en impulsos primitivos y ferales, convirtiéndose en una de esas bestias que le han hecho ganar su reputación.

A él le prosiguieron una serie de villanos cortados por un patrón algo más clásico: Jafar, Scar, Frollo… Antagonistas obviamente malvados desde un principio, con unas motivaciones claras, ansias de poder político y dispuestos a confabular todo lo posible para llegar a sus objetivos. Carisma a raudales. Un tema musical en el que presenta su malévolo plan o sus deseos más profundos. En definitiva, el arquetipo de villano que, bien pulido, funciona.

Y luego llegó Hades. James Woods era perfecto para el rol, pero se negaba a cantar —de hecho la única ocasión en la que el personaje canta, en ‘House of Mouse’, es uno de los pocos casos en los que Woods no es quien pone la voz al personaje—. Aun así pudo hacerse con el rol gracias a su forma de destilar carisma por cada uno de sus poros. Los animadores, basándose en él, añadían un lenguaje corporal tan claro que no hacía falta una canción para adorarle. De hecho, no necesitaba nada más que su actuación y un poco de trasfondo —y el hecho de que a pesar de ser el villano del filme no lo es en su material de origen, algo que le proporciona cierta libertad de actuación— para comerse la cinta y volverse, de forma casi unánime, el villano favorito de muchos. Quizá no innovaba. Quizá no tenía todos los elementos que aseguraban que un villano funcionaba. Pero que me aspen si no es un villano bien construido con el que incluso puedes empatizar.

Los años posteriores siguieron a base de prueba y adaptación a la historia de origen. ‘Mulán’ no podía permitirse más que una máquina de matar como su principal antagonista porque era otro el drama que consumía la película. Y ‘Tarzán’ volvía al arquetipo de villano que sólo busca lucrarse usando la violencia como arma. ‘El Emperador y sus locuras’ daba una mayor importancia a Yzma y apostaba por el antagonista divertido en una comedia con mucho golpe fortuito y ruptura de la cuarta pared.

Atlantis‘ de vuelta al villano práctico que busca enriquecerse a toda costa, si bien simplemente presenta de primeras al equipo de la expedición como gente que se tiene que tiene que ganar el pan con esto y poco a poco nos presenta un desarrollo divergente de estos. También hace su trabajo Gantu de ‘Lilo y Stitch’, ignorando el efecto del omnipresente “poder de la amistad” en una situación que no es capaz de controlar. En resumen, un poco de todo. Y es que tocaba experimentar. A veces salían villanos tan entrañables como John Silver en ‘El planeta del tesoro’ con los que la narrativa te ayuda a conectar de una forma tan clara y en otras ocasiones la conclusión antagonista es tan terriblemente estúpida como con los villanos de ‘Chicken Little’. Pero la fórmula dejaba de tener unos parámetros más o menos fijos y eso hacía que, por poca confianza que pudiera tener en la película, al menos tuviera curiosidad por los villanos.

Con el fin de la Era Experimental Disney —o sea, con la llegada de ‘Tiana y el Sapo’— muchas ideas volvieron a asentarse sobre la mesa. Junto a muchas de las premisas narrativas, también teníamos un regreso a lo seguro en el antagonismo. Contábamos con el Doctor Facilier, un villano que basaba su esencia en lo que el Renacimiento de la compañía había determinado como seguro: carisma, planes bien urdidos y un tema musical que nos cueste sacarnos de la cabeza. Había otros lugares en los que innovar, pero las bases no podían caer de lado.

También ayudó a asentar la confianza ‘Enredados‘. Madre Grothel se acercaba de nuevo peligrosamente al prototipo de funcionamiento contrastado. Eso sí, con una salvedad: a pesar de que fuera déspota con su hija adoptiva, está claro que se preocupa por ella y, mientras cumpla con sus deseos, quiere que sea feliz. Prueba de ello son pequeños lazos como cocinar su comida favorita o querer hacerse con el regalo perfecto para su cumpleaños —siempre y cuando no ponga en peligro su eterna juventud—. Y es que en su caso la maldad sólo es egoísta y en un intento de preservar un estado de persistencia que le fue robado por el Rey de Corona.

¡Rompe Ralph!‘ añade el elemento de no revelar el antagonismo del villano hasta que es relevante y edifica sobre una preocupación real: el miedo al olvido. Vemos cómo el villano usa sus clásicas armas de manipulación simplemente por mantenerse relevante —y a ser posible, oculto para no destapar sus intenciones— y no desaparecer del subconsciente colectivo. Sin duda, cruza ciertas líneas que quizá no debería haber atravesado por el camino y termina cayendo en la “oscuridad” para convertirse en un elemento nihilista, pero aporta ciertas dimensiones que resultan refrescantes a una nueva fórmula que parece estar asentándose de nuevo. El mismo caso, pero con otra justificación totalmente distinta es el de ‘Zootrópolis‘. Volvemos a repetir a la hora de mantener oculta la agenda para hacer más fácil llevarla más allá pero la Teniente Ovina cuenta con otras motivaciones. En esta ocasión, políticas.

Y es que si echamos la vista atrás, una villana capaz de manipular a una megápolis con labia y químicos para derrocar la opresión sistemática de una minoría es un gran salto desde una señora que ofrece manzanas envenenadas a una niña por el mero hecho de “ser más bella” y considerarla la competencia. Sí, me atrevería a decir que los villanos en Disney han avanzado mucho, han añadido nuevos sabores, han experimentado, han encontrado fórmulas funcionales, han sabido explotar sus puntos fuertes, han experimentado aún más y, aun así, siguen evolucionando conceptualmente.

¡Y por otros ochenta años de villanos!

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