Crítica de El niño que pudo ser rey

Crítica de El niño que pudo ser rey

Soy un gran fan del mito Artúrico en todas sus formas: literatura, por supuesto (desde Sir Thoma Mallory hasta versiones más posteriores), pasando por el cine (ahí está la magnífica Excalibur de John Boorman) o el cómic (Camelot 3000 de Barr y Bolland o la mucho más reciente y oscura Unholy Grail, de Bunn y Colok en el sello Aftershock). Por eso siempre recibo una nueva versión con los brazos abiertos.

El niño que pudo ser rey (The Kid who would be King, 2019) trata este tema de una manera que, más o menos, ya hemos visto anteriormente: Inglaterra está necesitada de luz y esperanza y Arturo (o alguien merecedor de manejar a Excalibur) aparece en nuestra época para guiarnos y vencer a la oscuridad comandada por Morgana: el citado Camelot 3000 en cómic o El regreso del Rey Arturo de Molly Cochram y Warren Murphy, en novela, son solo dos de los muchos ejemplos que podemos encontrar.

El director es Joe Cornish (Londres, 1968), a quien conocemos de por ser uno de los guionistas de Las aventuras de Tintín: El secreto del Unicornio (Spielberg 2011) o de Ant-Man (Peyton Reed, 2015). Esta es su segundo largometraje como director tras Attack The Block (2011). Cornish nos presenta el mito artúrico de una manera sencilla y fácil de digerir, además de mezclarla con problemas cotidianos de cualquier chaval de 12 años.

Crítica de El niño que pudo ser reyEl protagonista, Alex (Ashbourne Serkis) es un chaval corriente que va a clase y tiene que aguantar a los matones oficiales hasta que encuentra la mítica Espada. A través de sus ojos veremos cómo la sociedad está cada vez peor (miedo, guerra, etc.) lo que hace que, por otra parte, Morgana (encerrada durante siglos por Merlín) tome cada vez más fuerza de nuestra desesperación (muy en la línea de La Historia Interminable).

El niño que pudo ser rey es una película familiar entretenida y fácil de consumir, que nos muestra valores importantes como la amistad, el valor… el código caballeresco. Es una película de aventuras juveniles que bebe directamente del espíritu del cine juvenil de los 80 (los Goonies, Cuenta conmigo, etc.) y que claramente Cornish disfrutó en su día y tiene muy presente. Un cine que se echa mucho de menos hoy en día.

Los cuatro jóvenes protagonistas cumplen a la perfección con su papel: son creíbles y actúan bastante bien, destacando por supuesto el protagonista, incluso en aquellas escenas más intimistas de pérdida de fe. Merlín, en un giro de tuerca, está interpretado por dos actores diferentes: el joven Merlín tiene la cara de Angus Imrie, mientras que el Merlín adulto es ni más ni menos que Patrick Stewart, quien interpretó a Leondegrance en la ya citada Excalibur. Por supuesto el enemigo a batir es Morgana, con la cara de Rebecca Ferguson en este caso. Por desgracia su papel es tan pequeño en la trama, y está tan “escondido” entre maquillaje y efectos que apenas podemos verla. Es, tal vez, el punto más débil de la película.

Crítica de El niño que pudo ser rey

Los efectos especiales son más que decentes y los fantasmales jinetes de CGI no nos sacarán de la película, dejándonos disfrutar de toda la magia y el encanto de los caballeros de la tabla redonda mezclada, eso sí con un buen montón de ingredientes habituales: abusones, desamparados, el mentor, monstruos, una villana, problemas con los padres, etc. Pero con grandes hallazgos como Merlín o la manera de presentar brevemente los problemas de la sociedad actual.

Una película ideal para toda la familia: tiene aventura, fantasía, humor y todo lo necesario para que los más pequeños lo pasen en grande. Tal vez para los adultos resulte algo larga (dos horas que se ralentizan con la subtrama del padre) pero no dejan de pasar cosas y el director nos cuenta la historia es de un modo hábil y con ingenio y el tercer acto, la batalla final, es todo lo épica que se espera de una película dirigida a un público infantil-juvenil.

Crítica de El niño que pudo ser rey

El niño que pudo ser rey es, en resumen, una película sin muchas pretensiones, que sabe de lo que es capaz y nos lo presenta de forma sincera y correcta: una historia de niños y para niños empaquetada de forma correcta.

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