domingo, mayo 22, 2022

El «Complejo de Christian»: la mala escritura de un conflicto mental

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Escribir problemas mentales es difícil, pero hacerlo mal, hasta es sencillo. Veamos cómo podemos evitar los errores y aprovechar este tropo

En el año 2021, el diario digital chileno Cine y Literatura publicó un artículo sobre Guapis, la polémica cinta de Netflix. En esta nota, su autor, fuera de recalcar los defectos de la obra, planteó una problemática que, indicó, había presenciado en otro personaje: el conflicto psicológico mal narrado tras su protagonista.

A simple vista, un espectador puede decir que un mal trabajo no es otra cosa que la deficiencia de su respectivo compositor, que no hay más misterio que un trabajo mediocre, y un personaje que debió pasar más en el horno. Sin embargo, a juzgar por los últimos trabajos vistos en el cine cuando se trata de un «problema psicológico», queda en evidencia los graves agujeros en el concepto, principalmente sobre su base. ¿Cómo pasa esto? ¿Será por una mala dirección a la hora de narrar a estos personajes? ¿Será una mala asesoría, una pobre investigación? Un poco de todo, en realidad; pero en especial la falta de entendimiento de un tropo cargado de matices. Descubramos por qué.

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Problemas de conducta

Para los conductistas, un trastorno en la personalidad es la alteración en el patrón de comportamiento de un individuo. Puede originarse por aprendizaje, o bien (según Freud), por un evento traumático que incite el cambio.

En la escritura este concepto destaca por el pesado trabajo emocional que demanda a un autor. Esto porque implica interiorizar una cadena de sentimientos negativos retratados en distintos matices, de modo que resulte verosímil para el espectador; y si desenvolver semejante tropo es difícil, darles un cierre es mucho mayor. Generalmente se espera que el personaje tome una decisión frente al dilema, pero hay autores cuyos personajes solo huyen, dejando plantadas las expectativas de su audiencia.

El ejemplo que inspiró a estas letras proviene de la obra literaria de Erika James: Christian. Este personaje es conocido por sus traumas paternales, concluidos en una máscara de control que le impide relacionarse sanamente con los demás. A medida que avanza su historia, Christian va soltándose de su armadura, alcanzando su desafío final como futuro padre, evento en que teme ser igual, o peor que su papá. Por desgracia, este clímax es negado con la intervención de Jack, dejando el problema de Christian en segundo plano; y como si esto fuera poco, la resolución de este arco pasa tras bambalinas.

Lo más molesto del cierre de James para Christian es que sugiere que todo el proceso fue por nada, que solo bastaba ignorar el pasado y «caminar hacia el futuro»; sobra decir que en la vida real no es tan sencillo. Algo similar se aprecia en la pieza ya mencionada de Netflix; Amy, que encuentra en el baile un refugio para sus complejos, simplemente huye del conflicto y actúa como si nada pasara. Claro ejemplo de una sociedad que invalida las emociones en pos de una vida ligada a la producción y al consumo.

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Pero la negación de estos problemas no es la única forma de descuidar el relato. La desinformación frente a un problema psicológico es igual, o más grave, que solo negar lo evidente. Este es el caso de Diane, de la serie Bojack Horseman (2014); una sección de su personaje levantó varias cejas luego de que esta empezara a escribir sus memorias. Ahí, supuestamente, experimentaría periodo de depresión tratado con fármacos; la serie, incluso, publicita esos fármacos en un número musical. El problema es que los síntomas que Diane presenta no resultarían ser los correspondientes a dicho trastorno. De hecho, muchos de sus pasatiempos los habría descartado por, mínimo, dos semanas, de padecer este trastorno (Prozak, 2021).

La cereza del postre viene de su idea de redactar sus recuerdos, espacio reconocido por sus trazados abstractos, pero surreales; un reflejo la débil autoestima de la escritora, junto con la lista de gente que le ha hecho daño (Bojack incluido). Lo complicado de este asunto es que tratan de abordarlo como el detonante de su depresión, pero solo se vuelve un bloqueo mental que le impide a Diane relatar esos hechos, por la obvia razón de que recordar le duele, y su cabeza rechaza revivir esas dolencias, aunque insista. La solución al problema fue presentar un proyecto distinto, pero la decisión no quita que su premisa genere una idea equivocada de lo que implica este problema.

Otro caso de desinformación viene de la mano del Señor Peanutbutter, quien es contratado para ser el rostro de una campaña de ayuda a la depresión. En el proceso, Peanutbutter llega a creer que tiene el trastorno, solo porque «siempre está feliz», y, según menciona, las personas felices pueden estar deprimidas y no saberlo.

El error de este personaje (además de opinar sin bases) va de relacionar gratuitamente la depresión con la tristeza, cuando el problema es más extenso. La depresión alberga un compilado de enojos, frustraciones, culpas; no solo la pena.

Bajo esos criterios, se puede concluir que Peanutbutter no tiene depresión. Además que su personaje es la encarnación de los sueños de Coelho, en especial de su célebre frase: «el universo conspira a tu favor». Un personaje que representa, hasta de forma irrisoria, el perfil del optimista no puede ser el rostro de dicho conflicto, partiendo de que su inclusión en aquella campaña se debió a un meme. Sin duda, esta propuesta debió encabezarla Bojack; ¿quién más que una persona rota podría hablar de una fractura así?

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Pero si negar un problema, o vanalizarlo, no fuera suficiente, hay otra forma de relatarlo a punta de grima: romantizándolo. El ejemplo más reciente viene de la saga emergente de Wattpad: After. Aquí se encuentra la pareja más codependendiente de la última década, cuyas constantes agresiones interrogan a sus lectores sobre el estado mental de su creadora.

El peor ejemplo de este conflicto es Hardyn, un sociópata con problemas de ira que de hace rato debió irse a la cárcel. El problema es que su autora cree que un sujeto así de trastornado resulta atractivo para las chicas, cuando en la vida real, su historia hasta puede acabar en feminicidio.

Otro personaje similar a Hardyn es «Hache», de Tres Metros Sobre el Cielo (González Molina, 2010). Ambos son celópatas de temer, agresivos e incapaces de sociabilizar de manera normal. No obstante, sus parejas les adoran y justifican cualquier ápice de violencia, «porque los aman». ¿Hace falta decir el peligroso ejemplo que dan a una jovencita, de verse involucrada con un monstruo como ese?

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La ironía de esta historia es que hasta salvajes como esos podrían servir de ejemplo para retratar estos problemas si sus autores se enfocaran en abordar el problema, en lugar de rebuscar una estética que, para colmo, tiene más detractores que admiradores. Una importante diferencia, por ejemplo, con trabajos como los de Horikoshi (Boku no Hero Academia, 2016), cuyas líneas se asemejan al arco de Christian, pero cerrado debidamente, con un Todoroki que se aleja de la sombra de su padre y se descubre a sí mismo.

Otro ejemplo que aborda este desarrollo viene del propio Hideaki Anno. Cómo no pensar en la escritura que dio vida a Shinji, Rei y Asuka, tres niños rotos envueltos en expectativas abrumadoras; no en vano, la inspiración de Anno para sus creaciones fue su propio estado depresivo, junto con la ola de sensaciones que lo atormentaban en su momento. Es que la experiencia viva, por más que duela, resulta ser ideal para que un artista recorra esos valles de sombra y los entienda, y luego ayude a otros a entenderlos también.

Ahora, esto último no quiere decir que un autor NECESITE pasar por un trastorno para retratarlo de forma verosímil; Dana Terrace es un ejemplo de que una mujer hetero puede narrar un romance lésbico sin intimar con una mujer. Lo importante es que los respectivos autores de una obra se tomen la molestia de investigar debidamente la problemática que retratan. Es como un actor preparando un papel.

Es esencial que un autor indague debidamente, puesto que su voz, en su momento, será referente para quienes aprecien su construcción, y si esta presenta ciertas incongruencias, puede generar nociones equivocadas sobre distintos asuntos (como Diane y Peanutbutter); más aún pensando en el público más joven y lo influenciable que es su criterio a esa edad.

Cabe señalar el profundo valor que la figura de la terapia toma en esta clase de historias, rol poco usual, pero clave para desentrañar los revoltijos psicológicos de tu personaje. Helga de ¡Oye, Arnold! (1996) ejemplifica este rol. Y es que está tan poco normalizado asistir a terapia que es entendible la cantidad de confusión respecto a muchos temas mentales. Por ello, pienso que es momento e dar un giro a este tropo, y el confort que genera un espacio terapéutico puede  ser un punto de partida idóneo. A Christian y a los otros sí que les hizo falta, así como a varios en la misma situación; no solo hubiera ordenado sus arcos de desarrollo, habría sido una guía para quienes buscan una salida a ese túnel, recordándonos, además, por qué el lenguaje construye realidades.

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