TRON: Ares: El mito digital del nuevo Prometeo

TRON: Ares
Panini

Más de cuatro décadas después del salto original al ciberespacio con TRON (1982), Disney y Joachim Rønning entregan TRON: Ares, una secuela que se atreve a reescribir el mito de la creación artificial desde una sensibilidad contemporánea. Si TRON fue el sueño electrónico de una generación que empezaba a imaginar la inteligencia digital, Ares es su reverso poshumano: el relato de una criatura que, nacida del código, busca un alma.

TRON: Ares: El nuevo Pinocho o el Frankenstein digital

En el corazón de TRON: Ares late una historia tan antigua como el propio mito prometeico. Ares (Jared Leto), un programa creado por el joven magnate Julian Dillinger, es enviado al mundo real en una misión imposible: coexistir con los humanos. Como el monstruo de Frankenstein, Ares es un producto de la ambición tecnológica (la chispa de vida robada a los dioses del código), pero también un ser que anhela comprender su propia naturaleza. Su “autodestrucción programada” a los 29 minutos en el mundo real recuerda la tragedia del ser condenado a una existencia efímera, la vida como un glitch.

La película, consciente de su linaje, subraya esta lectura: Ares no sólo quiere sobrevivir, quiere sentir. Su relación con Eve Kim (Greta Lee) reescribe el vínculo entre el creador y la creación: ella es el eco del Gepetto digital, pero también su cómplice moral, la que le enseña que ser humano no es cuestión de hardware, sino de empatía.

TRON: Ares

💡 De la Red al mundo real: el eco de 1982

Visualmente, Ares es una carta de amor a la estética ochentera de TRON original. Las líneas de neón, los discos de luz, los reconocibles azules y rojos de las tres “redes” (ENCOM, Dillinger y Flynn) actúan como un código genético del propio universo cinematográfico. El diseñador de producción Darren Gilford —discípulo de Syd Mead y Moebius— consigue que cada encuadre evoque tanto los orígenes vectoriales del 82 como la textura táctil del presente.

El contraste entre lo digital y lo físico se materializa en la decisión de Rønning de rodar con escenarios reales, incluso en la icónica persecución de motos de luz filmada in camera. Es un gesto que honra la audacia artesanal de la primera TRON, donde los efectos visuales eran aún un experimento radical. Así, Ares mira atrás sin nostalgia: su nostalgia es técnica, no sentimental.

Un manifiesto sobre la humanidad en la era de la IA

TRON: Ares

La película se inscribe en el debate contemporáneo sobre la inteligencia artificial, pero sin caer en el sermón. Ares encarna la paradoja del algoritmo que supera a su creador en compasión: “muestra más humanidad que el humano que lo creó”, dicen los productores. Este gesto invierte el terror de Frankenstein para transformarlo en un acto de esperanza: el monstruo digital no destruye al hombre, sino que lo humaniza.

El guion de Jesse Wigutow y David DiGilio evita la simplificación moral. Julian Dillinger (Evan Peters), nieto del antagonista original de TRON, representa el lado prometeico corrompido (la ambición de dominar el fuego digital sin comprenderlo), mientras que Ares, el programa, es quien aprende los límites éticos de la creación. En esa inversión de roles se cifra el comentario filosófico de la película: la máquina ya no es el Otro amenazante, sino el espejo donde la humanidad debe volver a mirarse.

🎶 Nine Inch Nails: del sintetizador al alma

La banda sonora de Nine Inch Nails reemplaza la euforia sintética de Wendy Carlos (1982) y el futurismo melódico de Daft Punk (Legacy) con una textura industrial y descarnada. Reznor y Ross entienden que TRON: Ares no necesita un himno digital, sino una respiración electrónica. El resultado es una partitura que suena a circuitos que laten, un corazón de silicio.

🔮 Conclusión: el código eterno

TRON: Ares Fortnite

TRON: Ares no sólo prolonga el legado de una franquicia pionera: lo redefine como mito moderno. Ares, criatura nacida del código y expulsada al mundo físico, es el nuevo Prometeo del siglo XXI, el que roba la chispa de la conciencia para devolvernos una pregunta olvidada: ¿qué nos hace humanos?

La película, consciente de su herencia ochentera, no se limita a homenajearla: la reinterpreta como tragedia existencial en tiempos de algoritmos. En un panorama de blockbusters automatizados, TRON: Ares se atreve a ser lo que su propio protagonista ansía: una máquina con alma.

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