La familia Garrity regresa al mundo postapocalíptico con más kilómetros, más destrucción y algunas buenas ideas en Greenland 2… aunque el camino se hace algo predecible.
Greenland 2: el mundo después del fin del mundo
Cuando en 2020 Greenland: El último refugio llegó a los cines (o a los salones de estar de quienes no podían acceder a ellos por la pandemia), el mundo estaba en un estado de ánimo perfectamente receptivo para una película sobre una familia corriente tratando de sobrevivir a una catástrofe global. Gerard Butler, actor que suele pilotar catástrofes de cartón piedra con el ceño fruncido, encontró allí algo inesperado: un papel creíble, una historia con peso emocional y una película de desastres que, por una vez, ponía a las personas por delante de los efectos especiales. El éxito fue discreto pero real, y como ocurre con cualquier cosa que funcione en Hollywood, la secuela era solo cuestión de tiempo.
Greenland 2 arranca cinco años después del impacto del cometa Clarke, que devastó el 75% del planeta. John Garrity (Butler), su esposa Allison (Morena Baccarin) y su hijo Nathan (ahora un adolescente interpretado por Roman Griffin Davis) llevan medio lustro bajo tierra, en el búnker de Groenlandia donde acabó la primera entrega. La novedad es que ese encierro ya no es un refugio: es una prisión lenta. Los recursos menguan, la moral se desmorona y la superficie sigue siendo un escenario hostil de tormentas radiactivas, fragmentos de cometa que siguen cayendo y una humanidad que ha optado, en muchos casos, por la violencia como modo de supervivencia.
La premisa es sólida. De hecho, la primera media hora de la película, que transcurre casi íntegramente bajo tierra, es quizás su tramo más logrado: la representación de una comunidad que intenta mantener la cordura mediante rutinas, educación y pequeñas celebraciones en un espacio cerrado tiene una densidad dramática genuina. Nathan, que perfora sábanas para simular un cielo estrellado y se escapa a la superficie en busca de algo que nunca ha conocido del todo, es el eje emocional más eficaz de la historia, tanto que incluso emociona al espectador. Roman Griffin Davis, conocido por su trabajo en Jojo Rabbit, aporta una madurez y una presencia que supera con creces lo que el guion le exige.
La odisea europea: de Liverpool a Francia sin billete de vuelta
Cuando el búnker es destruido por terremotos, la familia Garrity se ve obligada a migrar (de ahí el subtítulo en su versión original) hacia un supuesto oasis en el sur de Francia: el cráter dejado por el primer impacto de Clarke, donde la científica Dra. Casey Amina (Amber Rose Revah) teoriza que podría haberse formado un entorno habitable, limpio de radiación y fértil para reconstruir la civilización. Sin otra opción, los Garrity emprenden el viaje a través del Atlántico, aterrizan en un Liverpool inundado y atraviesan el Reino Unido y Francia en una odisea que ocupa la mayor parte del metraje.
El rodaje en localizaciones reales de Islandia y el Reino Unido le da a la película una escala visual que ningún plató podría replicar, y el director de fotografía Martin Ahlgren saca partido de esos paisajes con una fotografía que oscila entre la belleza poética y la crudeza documental. Hay imágenes genuinamente impresionantes: un Canal de la Mancha completamente seco, ciudades europeas reconocibles convertidas en escombros, guerra de trincheras de regreso a la tierra de las grandes batallas.
El diseñador de producción Vincent Reynaud y el supervisor de efectos visuales Marc Massicotte se han esforzado en que el mundo postapocalíptico resulte orgánico y creíble, con más de mil planos de efectos visuales que, en general, sostienen el tipo.
El problema no es la forma sino el fondo. A medida que la familia avanza por ese mapa devastado, la película va revelando sus costuras narrativas. Los encuentros con otros supervivientes siguen un patrón demasiado previsible: la gente que parece peligrosa resulta ser de fiar, los personajes secundarios aparecen lo justo para caerle bien al espectador y desaparecer con más pena que gloria. No hay sorpresas de guion, no hay giros inesperados, no hay ninguna interpretación del material que invite a pensar. Todo transcurre exactamente como cabría esperar desde el primer acto.
El peso del reparto: Butler en segundo plano, Baccarin al frente
Una de las decisiones más llamativas de Greenland 2 es el desplazamiento de Gerard Butler hacia un segundo plano. El actor escocés, que en la primera entrega cargaba sobre sus hombros la mayor parte del peso dramático, aparece aquí en un registro más contenido y reflexivo (los productores hablan de una “energía más silenciosa”) que en la práctica se traduce en una presencia algo difuminada. Butler es convincente cuando se le deja simplemente existir en escena, cuando usa su acento escocés sin disculpas y cuando el personaje no tiene que ser el héroe de turno. Pero la película no siempre sabe qué hacer con esa contención.
Morena Baccarin, en cambio, sale ganando con esta redistribución del protagonismo. Su Allison Garrity era en la primera película un personaje vagamente esbozado; aquí se convierte en líder cívica, en brújula moral del grupo y en el motor emocional de la historia. Baccarin aporta una solidez y una elegancia bajo presión que el guion no siempre merece, pero que ella defiende con convicción. Su escena favorita de rodaje, según ella misma, es una conversación nocturna tranquila con Butler, de palabras sencillas y carga enorme: un pequeño oasis de quietud en medio de tanto apocalipsis. Es, quizás, el momento más honesto de la película.
Entre el reparto secundario destaca William Abadie como Denis Laurent, el padre de la joven Camille (Nelia Valery da Costa), a quien Butler no ha escatimado elogios durante la promoción de la película. Abadie entrega una actuación de corazón y vulnerabilidad que contrasta favorablemente con los personajes secundarios desechables que pueblan la mayor parte del metraje. Sophie Thompson (Cuatro bodas y un funeral) y Trond Fausa Aurvåg (Oppenheimer) completan un elenco internacional que aporta matices en poco tiempo de pantalla.
Waugh y Butler: cuatro películas, el mismo lenguaje
Ric Roman Waugh dirige aquí su cuarta película con Gerard Butler, la mayor racha de colaboraciones que el actor ha tenido con un solo director. La relación es visible en pantalla: hay una comodidad, una fluidez en el trabajo conjunto que se traduce en escenas de acción bien ejecutadas y en momentos íntimos que no se fuerzan. Waugh mantiene el ritmo (98 minutos que no se sienten excesivos) y tiene oficio suficiente para que las transiciones entre el drama familiar y la acción a gran escala no chirrían demasiado.
El problema es que Waugh y sus guionistas, Mitchell LaFortune y Chris Sparling, parecen tan preocupados por no perder la humanidad de la primera entrega que acaban preservándola en formol. Los Garrity tienen conversaciones sentidas, se miran con amor en los momentos de calma, juegan a juegos de carretera y comparten recuerdos. Todo muy correcto, todo muy calculado. Lo que en Greenland funcionaba porque nacía de una tensión genuina, aquí suena a fórmula. La disputa interna de la familia que dotaba de vida a la primera película ha desaparecido casi por completo, y su ausencia se nota.
La película tampoco termina de decidir qué quiere ser en su relación con la realidad contemporánea. En sus primeros minutos recuerda inevitablemente la experiencia colectiva de la pandemia (el equipo de protección, la paranoia por la contaminación del aire, la gestión de recursos escasos en comunidad cerrada), pero esa conexión se abandona pronto sin haber sido explotada. Quedamos con una película que insinúa querer decir algo sobre el mundo en que vivimos y que termina contentándose con decirlo en voz muy baja.
Espectáculo y presupuesto: lo que se ve y lo que se intuye
Greenland 2 es una película de unos 60 millones de dólares que en ocasiones aparenta tener más y en otras, bastante menos. Las localizaciones islandesas y británicas hacen un trabajo extraordinario ampliando el presupuesto: las fisuras en el suelo durante el rodaje en Islandia (Waugh cuenta que una se abrió literalmente bajo sus pies mientras filmaban) le dan al proyecto una autenticidad que ningún plató podría fabricar. Las secuencias en exteriores son impresionantes.
Pero las costuras del presupuesto se notan cuando la cámara se cierra. Los planos generales pintan un mundo devastado con convicción; los primeros planos a veces se concentran en escaleras inestables o tiroteos en penumbra que no terminan de transmitir la escala prometida. Los más de mil planos de efectos visuales son desiguales: brillantes en los paisajes, algo más endebles cuando la destrucción masiva se acerca al encuadre. Es una película que, como su propia historia, funciona mejor cuando mira a lo lejos que cuando observa el detalle.
Veredicto: una secuela honesta que no traiciona pero tampoco sorprende
Greenland 2 no es la secuela fallida que podría haber sido, pero tampoco es la que la primera película merecía. Cumple con lo prometido (acción, emoción, familia bajo presión, paisajes postapocalípticos de cierta belleza) y lo hace con oficio y sin grandes tropiezos. Pero en el camino ha perdido la cualidad que convertía a Greenland en algo especial: la capacidad de sorprender dentro de un género tan codificado como el cine de catástrofes.
Su mensaje final (que sobrevivir no es suficiente, que hay que atreverse a buscar algo mejor, que la esperanza es un acto de valentía y no de ingenuidad) es genuino y está bien defendido por un reparto entregado. Roman Griffin Davis es una incorporación valiosa a la franquicia. Morena Baccarin se lleva la película. William Abadie se lleva alguna escena entera. Y Gerard Butler, curiosamente más tranquilo que nunca, navega entre la solidez y la irrelevancia relativa con la experiencia de quien lleva veinte años haciéndolo.
Si viste Greenland y disfrutaste de ella, Greenland 2 te dará lo que esperas. Si buscabas que la franquicia fuera un paso más lejos, que los cineastas se atrevieran a ser extravagantes o arriesgados con el material, a la manera en que Danny Boyle lo ha hecho con su propio apocalipsis zombi, te irás con la sensación de haber visto una película que ha preferido la seguridad a la ambición. No es un crimen. Pero en un cine postapocalíptico que ha dado joyas como Children of Men o The Road, jugar sobre seguro tiene un precio.
Greenland 2 llega hoy a los cines con la etiqueta de “solo en cines”, y eso tiene sentido: es una película que gana en pantalla grande, que merece ser vista con el volumen alto y la oscuridad del auditorio acompañando sus momentos de destrucción y calma. No es suficiente para elevarla más allá de lo que es, pero sí para que valga la pena el viaje.


