Reseña de Pigalle, 1950

Panini

El legendario y recientemente fallecido guionista Pierre Christin y el dibujante Jean-Michel Arroyo dan forma a un fresco histórico que combina delincuencia, espionaje y cambios generacionales en Pigalle, 1950, obra publicada por Norma Editorial

Norma Editorial nos trae una obra del recientemente fallecido Pierre Christin con la que los amantes de la historia y el espionaje van a sentirse en su salsa. Pigalle, 1950 es una obra que es un punto y final muy digno para un guionista legendario del cómic europeo.

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El legado de Christin

Pierre Christin murió el 3 de octubre de 2024 a los 86 años dejando tras de sí una carrera que había marcado de forma indeleble la bande dessinée europea. Creador de Valérian junto a Jean-Claude Mézières, graduado en la Sorbona, fue también profesor de literatura francesa en la Universidad de Utah, novelista, periodista y uno de los pocos guionistas de cómic al que la crítica trataba con el mismo respeto reservado a los grandes literatos. Pigalle, 1950, publicado en Francia en 2022 y ahora en España, llega con la etiqueta de último guion firmado en solitario, lo que convierte este álbum en algo más que un tebeo de género. Es también una despedida, un último paseo por una época y una ciudad que marcaron su infancia y su formación.

La premisa es deliberadamente sencilla. Antoine, joven aldeano recién llegado de la meseta del Aubrac, aterriza en París con dieciocho años. Su primer contacto es un primo emigrante del Macizo Central que tiene un bar y reparte carbón. Será precisamente una entrega de carbón la que lleve a Antoine hasta La Lune Bleue, uno de los cabarets más famosos de la plaza Pigalle. A partir de ahí, su vida da un giro que ningún mozo de campo podría haber previsto. El patrón del local, conocido como le Beau Beb, le toma bajo su ala. Antoine conoce al contador apodado Pare-brise, al portero gigantesco llamado Poing-barre, y sobre todo a Mireille, la chica del guardarropa, de quien se enamora.

La estructura narrativa merece atención. La escena introductoria transcurre en los años ochenta. Tres páginas, dos de ellas mudas (y la otra prácticamente también), que presentan a un hombre mayor deambulando por Montmartre. El cómic termina con una secuencia de tres páginas que las evoca. Christin abre con un recurso que indica desde el primer momento que la historia transcurre en el pasado, que trata de hechos ya conocidos y cerrados. Esto produce un efecto inicial de distanciamiento. Pero poco después el autor retorna al modo de comentario del protagonista adulto en recuadros para aportar información adicional, lo que hace que la historia absorba al lector gradualmente. Es el viejo truco de la memoria como forma de redención y de pérdida, pero Christin lo maneja con la economía de quien lleva décadas escribiendo.

Debajo de la superficie costumbrista bullen las tensiones que sacudieron Francia a comienzos de los cincuenta: la Guerra Fría, el crimen organizado corso, la infiltración americana en la política y el hampa en Europa. Lo que resulta extraño es que la historia proponga a la vez elementos fuertes, trágicos e inesperados (una vendetta corsa, el ascenso de una estrella del cabaret, intercambios de información con la CIA) y que todo ello sea narrado como algo normal, casi banal para la época.

Antoine se ve arrastrado hacia oscuras historias cuya violencia cambia profundamente su existencia. A raíz de un ajuste de cuentas en el que él no tiene ninguna responsabilidad directa, es condenado a veintisiete años de cárcel. Pasará su bachillerato y una licenciatura en letras entre rejas. El romance con Mireille se rompe de golpe. El inocente que llegó del campo se convierte en víctima colateral de un sistema en el que los peces grandes devoran sin mirar a quien pisan. Así, la evolución de Antoine va de chico ingenuo a alguien de carácter, donde su versión adulta recordará su vida en Pigalle, con sus amores truncados y su juventud quemada por la mala vida.

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Cuando la CIA y la mafia corsa bailan juntas

La ficción de Christin no nace de la nada. El Pigalle de 1950 que describe el álbum era la prolongación parisina de una red criminal y geopolítica cuya maquinaria real supera en dramatismo a cualquier invención. Los intercambios de información con la CIA que aparecen en el cómic remiten a hechos históricamente documentados y de una perversidad que aún hoy resulta difícil de encajar.

La CIA colaboró con el milieu marsellés a partir de 1947. Temiendo el contagio comunista, utilizó bandas corso-marsellesas para poner fin a las huelgas sindicales que bloqueaban el puerto de Marsella, cabeza de puente para los envíos del Plan Marshall hacia Europa. La agencia habría entregado armas y dinero al hampa marsellesa para romper los piquetes de huelga comunistas y amenazar a los líderes sindicales. En pocas palabras, Washington financió al crimen organizado francés para garantizar el flujo de mercancías del Plan Marshall porque temía más a los estibadores comunistas que a los mafiosos corsos.

La cosa fue a más. En la huelga de comienzos de 1950, los servicios secretos americanos intervinieron de nuevo proporcionando dinero y apoyo a las organizaciones corsas, con el aval discreto del ministro Jules Moch. Algunos investigadores sostienen que esta colaboración facilitó el auge de la French Connection, apareciendo los primeros laboratorios clandestinos en 1951.

En dos semanas el bloqueo se extendió a todos los puertos franceses. El gobierno francés, la CIA y el hampa tenían un interés común en frenar la huelga comunista. Para ello, las autoridades liberaron a criminales de la cárcel para romperla. Se abrieron las puertas de las prisiones para que los maleantes corsos recuperaran el control de los muelles.

El resultado de ese pacto diabólico fue doble. Por un lado, el fin de la influencia sindical comunista en los puertos franceses. Por el otro, los clanes corsos, que constituían un elemento clave de la French Connection, inundaron el mercado americano con heroína fabricada en Marsella desde los años cincuenta hasta los primeros setenta, convirtiéndose en el 90% del consumo de heroína en Estados Unidos en el punto álgido del negocio. Washington combatió a los comunistas dando alas a los narcotraficantes. La heroína que devastaría los barrios negros y pobres de Nueva York en los sesenta y setenta tiene, entre sus padres de crianza, a funcionarios de la CIA que firmaron cheques en 1950.

Es en este contexto donde los intercambios de información con la CIA que se mencionan en en esta obra adquieren todo su significado. El barman americano, la chica misteriosa y el mafioso con contactos en el gobierno no son tipos inventados por Christin: son las figuras que realmente poblaban ese mundo. Los autores han recreado con acierto una atmósfera digna de las películas francesas de la época, como Pépé le Moko, Los chicos del barrio o Razzia sur la chnouf, con una galería de retratos extraordinaria.

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El París que uno quisiera haber visto

Si el guion de Christin es el alma del álbum, el dibujo de Jean-Michel Arroyo (nacido en Béziers en 1971) es su cuerpo y su luz. Arroyo ha elegido el gris en todas sus matices para dar la impresión de estar mirando una de esas viejas postales que congelaron una esquina, un transeúnte o una estación. El resultado no es el sepia nostálgico de quien no sabe cómo tratar el pasado, sino el de un ilustrador que domina la composición arquitectónica con una precisión casi documental. Al final del volumen hay una decena de dobles páginas, como cuadros independientes, que sumergen al lector en el París de esos años.

El arte es lo más destacado. Tenemos escenas del funicular de Montmartre, planos amplios de decorados y mujeres seductoras bajo luces tenues. Arroyo consigue dar textura histórica a cada edificio, a cada callejón, como si estuviéramos dentro de una película en sepia. Las comparaciones con Jacques Tardi son inevitables y, si bien el parisino tiene una acidez y una violencia en la línea que Arroyo no busca, la calidad de ambos como cronistas visuales de la ciudad está fuera de discusión.

Esta obra es, en suma, un álbum que funciona en varios registros simultáneamente. Funciona como relato de aprendizaje, como polar de atmósfera, como fresco histórico y como testamento literario de uno de los grandes del cómic europeo. Christin sabía que era el último baile, y lo firmó sin artificios, con la misma elegancia discreta que Antoine lleva en su nombre. La plaza Pigalle nunca existió de forma inocente, y él tampoco pretendió que lo hiciera.

Esta edición presentada por Norma Editorial viene en un formato de tapa dura con un tamaño de página de 23 x 30 cm. y contiene la traducción de la edición original de esta obra de origen francés. El tomo contiene 152 páginas a color. El precio de venta recomendado es de 35 € y se puso a la venta en diciembre de 2025.


Pigalle 1950

Pigalle, 1950

EL ÚLTIMO GUION FIRMADO POR LA PLUMA DEL INIGUALABLE PIERRE CHRISTIN.

Antoine llega a París con dieciocho años recién cumplidos y un empleo como chico de los recados en La Lune Bleue, uno de los cabarets de la plaza Pigalle. Sus atribuciones no están claras y van desde mantener encendida la caldera a poner copas, ayudar en los espectáculos o servir de centinela en negocios turbios. Lo único bien definido en su rutina diaria es el amor que siente por Mireille, una de sus compañeras de trabajo.

El legendario y recientemente fallecido guionista Pierre Christin (ValerianLena) y el dibujante Jean-Michel Arroyo dan forma a un fresco histórico que combina delincuencia, espionaje y cambios generacionales en la Francia de 1950.

Autores: Pierre Christin y Jean-Michel Arroyo

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