La secuela que nadie esperaba y todos deseaban llega a los cines el 30 de abril con el mismo equipo creativo de 2006, el mismo reparto estelar y una historia nueva que pone la crisis del periodismo impreso en el centro de la tormenta. ¿Merece la pena el regreso de «El diablo viste de Prada 2»?
‘El diablo viste de Prada 2’: las secuelas inteligentes nunca pasarán de moda
Hay secuelas que llegan porque el dinero lo pide, y hay secuelas que llegan porque el mundo las necesita. «El diablo viste de Prada 2» aspira a ser de las segundas, y en gran medida lo consigue.
Han pasado veinte años desde que Andy Sachs tiró su teléfono a una fuente parisina y se alejó de Miranda Priestly con la cabeza alta. Veinte años en los que la película original ha pasado de taquillera a fenómeno generacional, de ser el entretenimiento favorito de los vuelos de larga distancia a convertirse en un libro de cabecera sobre ambición, identidad y el precio de la excelencia. Ahora, 20th Century Studios, el director David Frankel y la guionista Aline Brosh McKenna han reunido a Meryl Streep, Anne Hathaway, Emily Blunt y Stanley Tucci para una segunda entrega que no intenta copiar a la primera, sino dialogar con ella.
Un mundo que cambió: el periodismo impreso como telón de fondo
Si la primera película era una novela de formación disfrazada de comedia de moda, «El diablo viste de Prada 2» es algo más cercano a un drama corporativo con mucho sentido del humor. El eje central no es ya la intimidación de una joven asistente, sino la supervivencia de un modelo de negocio: el de las revistas impresas. La ficción de Runway refleja, con poca disimulo, lo que le ha ocurrido a cabeceras como Vogue en la era digital, y esa decisión de anclar la historia en algo tan reconocible le da a la película una solidez argumental que no siempre tienen las segundas partes.
El director Frankel lo explica sin ambages: el primer iPhone salió al mercado un año después del estreno de la primera película, y aquello marcó el principio del fin para la prensa escrita. Esa brecha temporal es el motor emocional de la secuela. Miranda Priestly ya no es solo el diablo que todo lo controla; es también una mujer que sabe que su imperio se está resquebrajando y que tiene que decidir qué legado quiere dejar cuando ya no pueda evitar lo inevitable.
“Si la primera película era una novela de formación, la secuela trata sobre una mujer madura que se enfrenta a la realidad de todas las decisiones que ha tomado en su vida.”
Meryl Streep: más libre, más astuta, ligeramente más malvada
La gran pregunta antes del estreno de «El diablo viste de Prada 2» era si Meryl Streep seguía siendo Miranda Priestly o si Miranda Priestly seguía siendo Meryl Streep. La respuesta, según se desprende de las declaraciones del equipo, es que ambas han envejecido en paralelo y que eso las hace más interesantes. La actriz describe a una Miranda un poco más libre y también más consciente de su propia fragilidad, alguien que ya no necesita fingir que es invencible porque lleva décadas demostrando que lo es.
Streep colaboró activamente en el diseño de su vestuario —incluyendo unos pendientes de aro comprados en una farmacia CVS que acabaron siendo piezas clave del look— y se implicó en el desarrollo del guion con la misma intensidad con la que hornea galletas para el equipo de rodaje entre toma y toma.
La peluca icónica de «El diablo viste de Prada 2» vuelve, aunque rediseñada: más corta de pelo, más lisa, adaptada a los 76 años del personaje. Es un detalle pequeño, pero habla de la honestidad con la que la producción ha querido tratar el paso del tiempo en lugar de ignorarlo.
El regreso de Andy, Emily y Nigel: una familia disfuncional muy entrañable
Anne Hathaway recupera a Andy Sachs veinte años más madura, con confianza profesional ganada a pulso y sin haber perdido del todo la curiosidad optimista que la hacía tan identificable en la primera entrega. Su arco argumental gira en torno a las concesiones que uno hace para mantener viva una carrera en un sector que cambia más deprisa que sus protagonistas. La actriz describe la experiencia de volver al set e «El diablo viste de Prada 2» como la de regresar a una época de tu vida sabiendo lo que sabes ahora, y esa sensación impregna todo el tono de la película.
Emily Blunt lleva a Emily Charlton a Dior, donde ahora ella es la que tiene poder, y lo ejerce con la intensidad de alguien que lleva décadas ahorrando indignación. Stanley Tucci devuelve a Nigel con la misma elegancia de siempre, pero desde la posición del veterano que ya no necesita demostrar nada. Y la química entre los cuatro protagonistas de «El diablo viste de Prada 2», según todos los testimonios del rodaje, fue si cabe más fluida que en la primera película: porque ahora son amigos de verdad, algunos incluso familia (Blunt y Tucci son cuñados en la vida real desde que este se casó con la hermana de la actriz tras trabajar juntos en 2006).
“Es una película tan divertida y alegre como se puede hacer sobre la implosión de varios lugares de trabajo al mismo tiempo.”
La nueva generación: Simone Ashley, Caleb Hearon y Helen J. Shen
Uno de los movimientos más inteligentes del guion de «El diablo viste de Prada 2» es la incorporación de una nueva generación de asistentes que funciona como espejo deformante de los personajes originales. Simone Ashley interpreta a Amari, la nueva Emily: una asistente que no se encoge ante Miranda sino que, en cierto modo, la mantiene a raya. Es, según la propia actriz, una voz que representa al público más joven, el que quizá no creció con la película original. Caleb Hearon da vida a Charlie con una mezcla de admiración y pragmatismo muy de la época, y Helen J. Shen construye a Jin como alguien cuya ambición recuerda a la de la Andy de 2006, pero con las herramientas y la seguridad de 2026.
Estos tres personajes no están ahí solo para aportar frescura estética; articulan uno de los temas centrales de «El diablo viste de Prada 2»: cómo cambian las dinámicas laborales cuando las generaciones más jóvenes ya no están dispuestas a aguantar lo que aguantaban las anteriores.
El vestuario: de Patricia Field a Molly Rogers
La diseñadora de vestuario Molly Rogers, que trabajó durante años como colaboradora de Patricia Field, asume aquí el mando con un criterio muy claro: looks atemporales por encima de tendencias. Para Andy, una estética de ropa masculina femenina que mezcla Annie Hall con Katharine Hepburn, con más de 47 cambios de vestuario que van desde pantalones de terciopelo negro de Armani Privé hasta piezas de Coach, Valentino, Tom Ford y Chanel. Para Miranda, una silueta uniforme inspirada en la disciplina de Karl Lagerfeld. Para Emily, todo lo que los compradores de moda querían poner en un personaje de cine y nadie les había dejado hasta ahora: Dior, Jean Paul Gaultier, Rick Owens.
El dato más llamativo del apartado de vestuario de «El diablo viste de Prada 2» no es ningún look de alta costura, sino el jersey azul cerúleo de la primera película: se conservó en el archivo, con su mancha de sopa, y hubo que buscarle una réplica para la secuela. Hay algo genuinamente emotivo en ese detalle.
Nueva York y Milán: los decorados como personajes
El diseñador de producción Jess Gonchor, que ya estuvo en la primera entrega y tiene en su currículo títulos como «No es país para viejos» o «Mujercitas», amplió la oficina de Runway en «El diablo viste de Prada 2» hasta hacerla ocho veces más grande que en 2006, llenó el despacho de Miranda de pilas de revistas impresas como metáfora física del peso de un medio en declive, y recreó en plató el interior del Museo de La Última Cena de Leonardo da Vinci porque cualquier iluminación de rodaje habría dañado la obra real.
Para las escenas en el lago de Como se utilizó la Villa Balbiano; para los exteriores de hotel, el Palazzo Parigi de Milán. La producción también rodó en la Galleria Vittorio Emanuele II, en la Accademia di Brera y en la mansión de Billy Joel en Oyster Bay, que estaba en venta cuando comenzó la preproducción.
El veredicto
«El diablo viste de Prada 2» no existe para sustituir a la primera película sino para ampliarla. Es una secuela que se toma en serio a sus personajes, que no los congela en el ámbar de 2006 sino que los deja envejecer con dignidad y complejidad, y que encuentra en la crisis del periodismo impreso una metáfora genuinamente contemporánea sobre el legado, la obsolescencia y el precio de mantenerse relevante. Tiene humor, tiene emoción, tiene a Meryl Streep en estado de gracia y tiene a cuatro actores que se quieren de verdad haciendo lo que mejor saben hacer.
Si la primera película te hizo replantearte alguna vez qué estabas dispuesto a sacrificar por tu carrera, «El diablo viste de Prada 2» te hará preguntarte si aquella decisión fue la correcta. No está mal para una secuela que podría haberse limitado a repetir la fórmula.
FICHA TÉCNICA
| Título original | The Devil Wears Prada 2 |
| Dirección | David Frankel |
| Guion | Aline Brosh McKenna |
| Producción | Wendy Finerman / 20th Century Studios |
| Reparto | Meryl Streep, Anne Hathaway, Emily Blunt, Stanley Tucci, Simone Ashley, Kenneth Branagh, Lucy Liu, Justin Theroux, B.J. Novak, Caleb Hearon, Helen J. Shen, Patrick Brammall |
| Vestuario | Molly Rogers |
| Diseño de prod. | Jess Gonchor |
| Fotografía | Florian Ballhaus, ASC |
| Música | Theodore Shapiro |
| Estreno | 30 de abril de 2026 |


