viernes, octubre 16, 2026

Crítica de Street Fighter (2026): un prólogo animado de diez y un torneo que se queda a medias

Street Fighter
Panini

Llevo más de treinta años esperando que alguien acierte con Street Fighter en imagen real. Sobreviví a la versión de 1994 con Jean-Claude Van Damme, que hoy se sostiene casi únicamente por el delirante Bison de Raúl Julia, y a aquella La leyenda de Chun-Li que nadie recuerda con cariño.

Street Fighter: una adaptación hecha con cariño de fan

Esta vez había motivos para la esperanza. Las adaptaciones de videojuegos llevan una racha más que digna, con Sonic, The Last of Us, Fallout y, hace nada, el Resident Evil de Zach Cregger. Y detrás de la cámara está alguien que entiende el juego desde dentro. Kitao Sakurai, curtido en The Eric André Show, Bad Trip, Dave y Beef, es medio japonés y creció en Ohio. Para él, Ryu fue el primer personaje de ficción en el que se vio reflejado. Su intención declarada era honrar el juego sin que la película dejara de tener voz propia, y Capcom le dio margen para hacerlo.

Salí del cine convencido de que es la mejor de las tres versiones de acción real. También de que eso, por sí solo, no basta.

Un arranque animado que promete

Street Fighter

La película abre con un prólogo en animación 2D de inspiración anime, y es lo mejor que vas a ver en dos horas. No es casualidad: el estudio Titmouse dibujó a mano cada fotograma con técnicas de los noventa, una decisión cara y arriesgada que se nota en cada plano. En él conocemos a Ryu (Andrew Koji) y Ken (Noah Centineo), amigos inseparables que entrenan bajo la severa tutela de Gouken (Don Lee).

Ryu gana el primer torneo World Warrior en 1987. Esa victoria lo deja al borde de un poder oscuro vinculado a Akuma (Joe Anoai, Roman Reigns en el ring), el hermano demoníaco de su maestro, y Akuma acaba arrebatándoles a los dos su figura paterna. A partir de ahí, la amistad se rompe.

El salto a la imagen real se hace a base de clips granulados de estética MTV que resumen seis años en un par de minutos. Ken se ha convertido en una estrella de la fiesta, con rizos rubios de boy band y un gi rosa chillón con dorados, que gana combates amañados gracias a su mánager, Dan Hibiki (Andrew Schulz). Ryu malvive regentando un puesto de fideos que no vende nada.

Es 1993 cuando Chun-Li (Callina Liang) los recluta para un nuevo torneo World Warrior. Lo organiza M. Bison (David Dastmalchian), líder de Shadaloo, que quiere arrebatarle al ganador su energía para dominar el llamado Psycho Power. Chun-Li trabaja infiltrada para él, pero su misión es personal: vengar a su padre. Durante esta primera mitad, la película es ágil, caricaturesca y muy divertida.

La mejor pelea ocurre en una habitación de hotel

Si tengo que quedarme con una escena, es el reencuentro de Ryu y Ken en una habitación de hotel. Ken lanza patadas voladoras y golpes giratorios que no tocan más que aire. Ryu esquiva sin despeinarse, bloquea con una almohada y, cuando Ken se estampa, se la desliza bajo la cabeza para amortiguar la caída. Hay incluso un momento en que se aleja de puntillas sin levantarse del sofá.

La cámara sigue la coreografía con precisión para que cada gag funcione, y la química entre Koji y Centineo hace el resto: la calma de Ryu contra la ansiedad de hermano pequeño de Ken. Esa química no es casual. Ambos llegaron a Sídney seis semanas antes del rodaje para entrenar juntos y pulir escenas, y se nota. La secuencia parece de otra película, más lista que esta.

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Tampoco me olvido del combate entre Ken y el boxeador Balrog (50 Cent), que bebe de Toro salvaje alternando golpes a toda velocidad con impactos a cámara lenta, con la sangre y la baba suspendidas en el aire. Balrog está construido a partir de Mike Tyson y del Clubber Lang de Rocky III, y luce unas zapatillas Reebok Pump diseñadas para la película.

El coordinador de especialistas, Jon Valera, quería huir del caos sucio a lo John Wick y recuperar las artes marciales limpias de Matrix, con base en el Goju-ryu, el Shotokan y el judo. Cada personaje tiene su estilo: kung fu y taichí para Chun-Li, golpes militares para Guile, una capoeira salvaje para Blanka. Muchos movimientos clásicos están bien trasladados, como el suplex de Zangief, el cabezazo y las mil palmadas de E. Honda o la patada en media luna de Guile. Se resuelven con mucho trabajo de cables y arneses y poco CGI. A veces parecen ligeramente acelerados, pero ese punto tosco les da encanto. Y sí: por primera vez vemos en carne y hueso el Psycho Crusher de Bison.

…y luego, el torneo que no vemos

Casi justo en el ecuador, la película llega a lo que debería ser su plato fuerte: un torneo eliminatorio de siete combates. Veremos, con suerte, uno y medio. La película acumula catorce grandes secuencias de lucha, y la más ambiciosa, la del cabaret, que reúne a casi todo el reparto y llevó casi dos semanas de rodaje, ocurre fuera del ring. Que una película titulada Street Fighter esquive precisamente las peleas del campeonato me parece difícil de perdonar.

El resto de la acción mezcla cine de Hong Kong, anime y el espíritu de los ochenta y noventa, con Scott Pilgrim contra el mundo como referencia más cercana. El problema es que Sakurai llena cada secuencia de tantos chistes que no da tiempo a disfrutar ninguno. Además, cuanto más avanza, más se apoya en los efectos digitales y menos contundencia física tiene la acción. Muchas peleas se filman en planos medios y primeros planos que esconden la coreografía, y eso duele más sabiendo el trabajo que hay detrás.

Una segunda mitad que se desmorona

A partir del torneo, la película se dispersa sin remedio. Conviven cuatro tramas a la vez (Ryu, Ken, Chun-Li y Bison), más la amenaza de Akuma, y el montaje salta de una a otra sin descanso. Lo más extraño es que hay dos villanos esperando a aprovecharse del ganador y ninguno parece saber que el otro existe.

Lo que más rabia me da es que, sobre el papel, el conflicto entre Ryu y Ken tiene una buena idea. Ryu guarda un secreto desde hace años: Ken sí fue invitado al primer torneo, pero Gouken no lo consideró preparado. Ken ha crecido creyendo que no era lo bastante bueno, y Ryu carga con esa culpa. Es un motor dramático estupendo, pero llega tarde y diluido. Ese dato, y otros fundamentales como el significado del poder Hado, se cuentan en flashbacks animados pasada la primera hora. Los flashbacks, tan buenos al principio, acaban convertidos en una muleta.

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Los diálogos se vuelven fragmentados: cada vez más frases se pronuncian de espaldas a la cámara o con la boca medio tapada. No sorprende tanto si se tiene en cuenta que el guion pasó por cuatro manos (Dalan Musson escribió el original y lo revisaron Gary Dauberman, T. J. Fixman y el propio Sakurai).

El final no es un final. No hay clímax satisfactorio, cada personaje llega a un desenlace emocional que no le corresponde y la historia, simplemente, se apaga. Todo está pensado para dejar la puerta abierta a una secuela, pero sin generar el interés suficiente para desearla.

Una comedia que se ríe de sí misma, pero no sale de ahí

Street Fighter siempre ha mezclado lo solemne con lo ridículo, y la película lo sabe. Mi recurso favorito es Chun-Li: cada vez que Ryu o Ken se ponen trascendentes, al estilo de las películas de Van Damme o Steven Seagal que inspiraron el videojuego, ella les recuerda con cuatro palabras lo absurdos que suenan.

Esa autoconciencia sirve de escudo ante las críticas, pero funcionaría mejor si la película estuviera por encima de lo que parodia. No es el caso. Hay un gag con el “What’s Up” de 4 Non Blondes que no tiene gracia, y un guiño a la frase mítica del Bison de Raúl Julia (“para mí era martes”) que se estrella: no se puede parodiar algo que ya era cómico.

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Los homenajes a Street Fighter II: La película, el anime de culto, son constantes. Dan algún momento de servicio al fan bien resuelto, con diálogos retro incluidos, pero también varias escenas que se quedan a medio camino.

El problema de la mirada

Ese homenaje al anime tiene una cara poco afortunada. Chun-Li entra en plano muslos por delante y protagoniza una escena de ducha a cámara lenta. En la película animada, aquella escena desembocaba en una pelea contra Vega con la agente en desventaja. Aquí la cámara solo se recrea en el cuerpo de Liang.

Me resulta especialmente frustrante porque la actriz se tomó el papel muy en serio. Pasó de entrenar dos o tres días por semana a hacerlo seis, con dos horas diarias solo de patadas, y transformó su cuerpo para parecerse al personaje. Merecía una cámara a la altura de ese trabajo.

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Se suman planos gratuitos de traseros femeninos y varios chistes cuyo remate es la supuesta homosexualidad latente de Guile. Ni Chun-Li ni Cammy, dos personajes históricamente sexualizados, reciben un tratamiento lo bastante inteligente como para burlarse de esa herencia sin perpetuarla. El resultado se siente incómodamente anticuado.

Un 1993 que solo existe en la banda sonora

Sakurai buscaba un 1993 “ligeramente alternativo”, más cercano a cómo recordamos aquellos años que a cómo fueron. Eso explica que suene alguna canción posterior a la fecha en que transcurre la historia. Pero casi todo el trabajo de ambientación lo hace la banda sonora: MC Hammer con “2 Legit 2 Quit”, Montell Jordan con “This Is How We Do It” y una sucesión de éxitos de la época. Fuera de la música, poco transmite esos años.

La partitura original es de Leo Birenberg y Zach Robinson, los compositores de Cobra Kai, y se cuelan temas del videojuego. La entrada de Guile al ritmo de su melodía es de las que se celebran en la sala. Pero ninguna canción dura lo suficiente para quedarse. Es ruido de fondo para un movimiento constante.

Diseño: donde se nota el dinero

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Donde no hay queja es en el apartado visual de personajes y decorados. La película se rodó en los Disney Studios de Sídney, ocupando dos de sus mayores platós, y los exteriores australianos se hacen pasar por Tailandia, la India o Siberia. La guarida de Bison mezcla H. R. Giger, Dune y el universo del juego en un espacio monolítico que impone.

El vestuario de Kym Barrett está pensado para que se note el sudor y el desgaste. El gi blanco de Ryu está envejecido a conciencia, y Ken pasa de su gi hortera de luchador de exhibición al rojo clásico en el momento justo. Cuando por fin se ve a los dos juntos con sus colores de siempre, el fan que llevo dentro dio un respingo.

Un reparto que salva los muebles

Sakurai renunció a buscar dobles físicos de los personajes y apostó por un reparto procedente de mundos muy distintos: cine, comedia, lucha libre, música y artes marciales. Si la película se mantiene a flote, es gracias a ellos. Abrazan el tono absurdo sin complejos y compensan personajes muy poco desarrollados.

  • Callina Liang es la mejor Chun-Li que ha tenido el cine. Era una casi desconocida que se ganó el papel a base de pruebas, y tiene presencia, una forma física trabajadísima y unas piernas que firman las mejores coreografías. Es el personaje con los pies en la tierra, y lo defiende pese a todo lo que el guion le hace pasar.
  • Andrew Koji nació en 1987, el año del primer Street Fighter, y llegó al rodaje tras seis meses de karate, judo y kickboxing en Reino Unido. Evita que el estoicismo de Ryu se vuelva acartonado y rueda él mismo sus secuencias más complicadas.
  • Noah Centineo se estrena en el cine de acción y clava a Ken como deportista fanfarrón con buen fondo, aunque el guion nunca deja claro qué busca en el torneo.
  • Andrew Schulz es el arma secreta. Fue el único que no entrenó para pelear, solo para caer y recibir, y su Dan Hibiki empieza como un parásito avaricioso y termina siendo el corazón emocional de la película.
  • Cody Rhodes roba cada escena como Guile, con una peluca rubia trapezoidal y una manera de soltar cortesías y amenazas con la misma voz cuartelera. Lástima que salga tan poco.
  • Vidyut Jammwal practica Kalaripayattu desde los tres años, y se nota. En su primera película de Hollywood aporta a Dhalsim unos movimientos hipnóticos y una autenticidad que se agradece, aunque sus escenas sean escasas y su personalidad no se parezca a la del juego. Lo mismo ocurre con la Cammy de Mel Jarnson.
  • Orville Peck tiene formación en ballet y flamenco y quiso dar a Vega aires de torero. La idea es buena, pero en pantalla apenas asoma el narcisismo ni la elegancia que pide el personaje.
  • Joe Anoai impone como Akuma, aunque la historia sude para justificar su presencia. Jason Momoa, que también es productor, apenas aparece como Blanka, y su CGI extraño y su forma de hablar dejan una mezcla de gracia y desconcierto. Balrog y el Zangief del gigante Olivier Richters (2,18 metros) se quedan en cameos.
  • Eric André, colaborador habitual de Sakurai, hace de presentador del torneo, Don Sauvage, con su caos habitual. A ratos funciona, pero buena parte de su comedia parece improvisada y casi nunca da en el blanco.
Street Fighter

Mención aparte para David Dastmalchian. Construyó a Bison desde la obsesión por el control, y su villano no es el dictador intimidante de los juegos, sino un excéntrico que disfruta casi físicamente de cada paso que lo acerca al poder. Es una apuesta poco convencional y la defiende hasta el final. Pero echo de menos la amenaza, y por momentos parece sobreactuar y estar dormido en la misma escena.

Veredicto

Se nota que Street Fighter está hecha por gente que adora el juego: desde el director hasta el último especialista, pasando por un reparto que creció machacando botones en recreativas y consolas. Ese cariño está en el vestuario, en los movimientos, en la animación y en los guiños. Lo que falta es una historia que lo sostenga.

Si eres fan, vas a encontrar referencias a cada paso, la música original y un par de peleas que te sacarán una sonrisa. Si no lo eres, te espera un anime de acción real chillón y caótico que divierte a ratos y se vuelve incomprensible justo cuando debería apretar.

Es la mejor adaptación en imagen real de la saga, sí, pero el listón estaba tan bajo que superarlo no la convierte en una buena película. Y queda muy lejos de lo que el género ha demostrado ser capaz de hacer últimamente. Me quedo con la sensación de que esos prólogos dibujados a mano, tan vibrantes, deberían haber sido la película entera.

Street Fighter

Lo mejor

  • El prólogo y los flashbacks en animación 2D dibujada a mano.
  • La pelea cómica entre Ryu y Ken en la habitación del hotel.
  • Callina Liang, Andrew Schulz y Cody Rhodes.
  • El vestuario y los decorados, con la guarida de Bison a la cabeza.

Lo peor

  • Un torneo del que apenas vemos combates.
  • Una segunda mitad dispersa, con diálogos mutilados y un final que no llega.
  • Una mirada sobre los personajes femeninos que parece anclada en los noventa.
Street Fighter

Street Fighter: Ficha técnica

Dirección: Kitao Sakurai

Argumento: Dalan Musson y Gary Dauberman

Guion: Kitao Sakurai y T. J. Fixman

Reparto: Andrew Koji, Noah Centineo, Callina Liang, David Dastmalchian, Andrew Schulz, Cody Rhodes, Vidyut Jammwal, Joe “Roman Reigns” Anoai, Orville Peck, Olivier Richters, Mel Jarnson, Eric André, Curtis “50 Cent” Jackson y Jason Momoa

Música: Leo Birenberg y Zach Robinson

Producción: Legendary Pictures, en asociación con Capcom. Distribuye Paramount Pictures

Duración: 120 minutos

Estreno en España: 16 de octubre de 2026

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