Hay películas que se venden con una sola frase y Whalefall es una de ellas: un buzo es engullido por un cachalote y tiene una hora de oxígeno para salir.
Whalefall te traga entero
Parece una broma, pero no lo es. Brian Duffield, que escribe el guion de Whalefall junto a Daniel Kraus a partir de la novela que este publicó en 2023, se toma la premisa tan en serio que acaba arrastrándome con ella. Y, como sospechaba, la ballena es lo de menos. Lo que de verdad cuenta esta película es la historia de un hijo y su padre.
¿Qué nos cuenta Whalefall? Jay Gardiner (Austin Abrams) vuelve a la costa central de California después de que su padre, Mitt (Josh Brolin), enfermo terminal, decida entregarse al mar frente a su playa favorita. La familia necesita un cuerpo que enterrar, y Jay, que aún tiene algo que demostrarle a aquel hombre que parecía querer más al océano que a él, se pone la botella y baja a buscarlo. Ahí abajo se cruza en mitad de una pelea entre un calamar gigante y un cachalote de sesenta toneladas, y termina dentro del estómago del animal.
Lo que viene después es, sin exagerar, una de las experiencias más claustrofóbicas que recuerdo en una sala. El interior de la ballena no es la cueva amable de Pinocho, sino una trituradora de músculo, jugos gástricos que queman la piel y aire tóxico. Duffield tiene buen pulso para la tensión: la cuenta atrás del oxígeno no da tregua y la partitura de Joseph Trapanese marca cada latido y cada caída de presión.
Aviso a estómagos sensibles: hay momentos de mutilación y de puro body horror que se acercan peligrosamente al género. A ratos la imagen se vuelve tan oscura o tan agitada que cuesta seguir lo que pasa, aunque se lo perdono porque nace del empeño en que todo resulte físico y real.
El gran motivo para ver Whalefall es Austin Abrams. Encadena este papel con el de Resident Evil y empieza a parecer el especialista oficial en tipos corrientes que viven el peor día de su vida. Aquí se dobla, grita y se retuerce durante casi todo el metraje. Sin embargo, encuentra ese equilibrio difícil entre el exceso casi de serie B y una vulnerabilidad muy auténtica, en la línea de lo que hacía Bruce Campbell. Brolin, en apenas unos flashbacks, construye un padre áspero y difícil, y las escenas en las que ambos se derrumban juntos tienen una ternura masculina que el cine no muestra tan a menudo.
El problema está precisamente en esos saltos al pasado. La película alterna la lucha en el vientre del animal con los recuerdos familiares para que la tensión no se agote, pero la metáfora es tan evidente que a veces subraya lo que ya habíamos entendido. Cuando la historia sale de la ballena, el ritmo decae y el drama familiar no siempre está a la altura del horror. Algunos efectos digitales chirrían, y en el tramo final hay un giro de guion tan inverosímil y una deriva místico-espiritual tan solemne que me sacaron de la película durante unos minutos.
Es cierto que ponerse quisquilloso con la verosimilitud en una película sobre un hombre atrapado en un cachalote tiene algo de absurdo. Aun así, la supervivencia pura era lo bastante poderosa como para no necesitar esos adornos.
Whalefall es una película irregular, grotesca y sorprendentemente sincera. Funciona mejor como pesadilla física que como parábola sobre el duelo, pero cuando acierta, acierta de lleno. Nadie con claustrofobia debería verla. Para el resto, es una de las propuestas de género más extrañas y estimulantes del año, sostenida por un actor que se deja literalmente la piel.


