jueves, octubre 22, 2026

Crítica de ‘Clayface’: el body horror de DC es perturbadora, valiente y se queda a medio moldear

Clayface
Panini

James Watkins dirige un guion de Mike Flanagan y Hossein Amini sobre el villano de Batman en una película de terror corporal sin superhéroes a la vista. Tom Rhys Harries está muy bien, y la película cumple.

Clayface: sin deberes de franquicia

Clayface es la tercera película del nuevo universo DC, después de Superman y Supergirl, pero no hace falta haber visto ninguna para disfrutarla. Tampoco saber nada de las muchas versiones que el personaje ha tenido en los cómics a lo largo de más de 80 años.

Es su mejor carta de presentación: no parece una pieza de un engranaje, sino una película que va por libre. Tiene más que ver con el terror de serie B de los noventa, el de Darkman o Maleficio (Thinner), que con cualquier cosa que haya hecho DC hasta ahora.

Clayface

Y si se rasca un poco más, aparece algo todavía más antiguo. Clayface nació en 1940 como Basil Karlo, un actor de serie B que se ponía una máscara de arcilla, con un nombre que homenajeaba a dos estrellas del terror. Ese año la Universal estrenó secuelas de El hombre invisible y La momia, y la película tiene mucho de aquellos monstruos clásicos. No hablo de obras maestras como La novia de Frankenstein, sino de las secuelas dignas y artesanales que la Universal estrenaba sin parar. A ese nivel, Clayface cumple.

Un actor que pierde la cara

Tiene su gracia que la película más incómoda del nuevo universo DC trate sobre la vanidad. Matt Hagen (Tom Rhys Harries) es un chico que salió de abajo y está a punto de convertirse en estrella. Recorre platós de Coast City (el Los Ángeles de DC) y programas de entrevistas tras su primera nominación al Óscar. En su oficio, la cara lo es todo.

Un error de una noche con la persona equivocada, de vuelta en su Gotham natal, hace que un mafioso, Szabo (David Dencik), le desfigure con una navaja. Con la cara destrozada pierde la carrera, el dinero y a buena parte de la gente que le rodeaba. Para colmo, la prensa se llena de rumores sobre su pasado en los bajos fondos de Gotham, y el que queda como el malo es él. La película nunca aclara del todo si esas historias son ciertas, y ese detalle tan de cine negro me pareció de lo mejor del arranque.

Su última esperanza es la doctora Caitlyn Corr (Naomi Ackie), una científica con un tratamiento experimental de regeneración celular que le devuelve el rostro. El problema es que ese rostro deja de obedecerle. Lo que viene después es una historia de venganza en la que el cuerpo de Matt se va convirtiendo, poco a poco, en algo que ya no es del todo humano.

Tom Rhys Harries, el barro que da forma a todo

Si hay algo en lo que destaca Clayface, es en su protagonista. Tom Rhys Harries interpreta cada escena con una intensidad herida que sostiene la película incluso en sus peores momentos. Harries tiene el físico de galán, pero sobre todo interpreta una angustia que hace creíble que Matt haría cualquier cosa por recuperar lo que se le ha escapado entre los dedos. Su rostro, además, es un efecto especial en sí mismo: es guapo, pero tan anguloso que puede volverse malévolo antes incluso de que empiece la transformación.

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Me gusta especialmente que el guion no se preocupe por hacerlo simpático. Sony convirtió una y otra vez a los villanos de Spider-Man en antihéroes de buen corazón, y aquí no hay nada de eso. Matt da pena y, a veces, resulta deliciosamente perverso, pero no está aquí para hacer lo correcto. Es una tragedia de villano, y la película se atreve a tratarlo como tal.

En el resto del reparto hay luces y sombras. Naomi Ackie le da a su científica más curiosidad y conciencia de las que suele tener ese arquetipo. David Dencik interpreta al mafioso con una sordidez que incomoda de verdad, y Max Minghella aporta a un papel muy ingrato, el del novio policía de Caitlyn, una rectitud con su punto de humor, muy de cómic negro de los cincuenta.

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Body horror sin pedir perdón

Es la mayor virtud de Clayface, y lo que la separa de todo lo que DC ha estrenado hasta ahora. Tiene calificación para adultos y se la gana a pulso: sangre, gore y transformaciones que provocan más de un gruñido en la sala.

El trabajo de prótesis y maquillaje práctico es de lo mejor de la película, y tiene ese sabor artesanal del terror de hace treinta años. Hay mucho de Cronenberg en la forma de tratar la carne como algo que traiciona a su dueño, y mucho de Sam Raimi en el espíritu de serie B.

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Quiero señalar (sin spoilers) dos momentos me parecen de lo mejor de la película:

Una secuencia en un avión, con unos párpados que no deberían estar donde están, unas tijeras de uñas y una turbulencia que no ayuda nada. Es de esas escenas en las que miras entre los dedos y que te acompañan unas cuantas noches.

La infiltración en un club nocturno, donde Matt cambia de rostro una y otra vez para no ser descubierto. Mezcla acción, tensión y efectos con mucha soltura, y es lo más cerca que está la película de lo que podría haber sido.

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Para las transformaciones, Watkins tiene la buena idea de confiar más en el montaje que en el ordenador: cortes con truco, goteos, caídas de piel y, en un momento muy logrado, sombras proyectadas en una pared. Cuando por fin llegan las transformaciones digitales, lo único que consiguen es recordarte lo bien que siguen viéndose las de Terminator 2.

Es en estas escenas más íntimas e incómodas donde James Watkins demuestra su oficio. No es casualidad: sus mejores trabajos son los más pequeños, como My Little Eye o Eden Lake, y aquí se le nota más cómodo encerrando al espectador con el personaje que moviendo una producción grande.

Una forma que nunca termina de cuajar

El problema de Clayface está, curiosamente, en lo mismo que define a su protagonista: no acaba de encontrar su forma definitiva. Los temas se quedan en la superficie. La película apunta a ideas muy potentes, como la inteligencia artificial, la pérdida de la realidad, el método interpretativo o la vanidad de Hollywood, pero las lija hasta convertirlas en una venganza de manual. Para ser la historia de un actor, se habla muy poco del oficio de actuar.

Los poderes no tienen reglas. No queda claro qué puede hacer Matt y qué no, así que sus habilidades acaban siendo un recurso de guion que sirve para lo que haga falta en cada momento. Por momentos, el personaje parece una mezcla de Venom, Hulk, el Joker y Mística.

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La tragedia se pierde por el camino. El viaje del chico de barrio a nominado al Óscar y de ahí a supervillano daba para mucho más. La película prefiere avanzar como un videojuego, de un nivel conocido al siguiente.

El miedo de Matt es más práctico que visceral. Harries transmite muy bien el ego del actor y su pánico a perder la carrera. Pero no tanto el horror puro de ver su cara, su herramienta de trabajo, volverse contra él, o de mirarse al espejo y encontrar otros rostros. Por eso, pese a sus momentos de casquería, el terror corporal es a veces más un recuerso estético que un contenido en sí mismo.

El acabado visual es irregular. Es una película mucho más barata que cualquier Batman de acción real de los últimos cuarenta años, y se nota. A cambio hay filtros rojos a raudales, interiores anaranjados, calles con neones y ese contraluz constante que se ha convertido en seña de identidad del nuevo universo DC. Hay planos con sabor a cine negro clásico, pero otras escenas están mal iluminadas, y a ratos parece un estreno cualquiera de plataforma.

El tono va a trompicones. El romance, el drama de un hombre roto y la casquería de serie B no siempre conviven bien, y el tramo final resulta algo atropellado.

Se nota, además, que hubo una versión más rara y arriesgada en algún momento del proceso, quizá cuando el guion era solo de Flanagan. Algunas escenas, como una secuencia onírica muy extraña, apuntan en esa dirección. Me quedé con ganas de más de esa locura.

Veredicto

Clayface es una apuesta valiente para DC: una película de terror pura y dura, adulta, sangrienta y con un protagonista que nunca pide que le perdonemos. Cuando abraza su lado más grotesco y de serie B, funciona muy bien, y se nota que Watkins disfruta de la libertad poco habitual de tener calificación para adultos en una película de cómic.

Conviene verla en sus propios términos: como una de aquellas secuelas de monstruos de la Universal, digna, entretenida y algo de oficio. Lo que le falta es ambición en el guion. Bajo la piel de barro hay una tragedia sobre la identidad y la vanidad que la película apenas roza, unos poderes sin reglas y una estructura de venganza demasiado vista.

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Aun así, en una época en la que las películas de cómic se parecen demasiado entre sí, se agradece una que va por libre y se atreve a ser rara, incómoda y desagradable. Si tienes buen estómago y te gusta el body horror, merece la pena verla en pantalla grande. Eso sí, mejor no ir recién cenado.

Ficha técnica

  • Título: Clayface
  • Dirección: James Watkins
  • Guion: Mike Flanagan y Hossein Amini
  • Producción: Matt Reeves, Lynn Harris, James Gunn y Peter Safran
  • Fotografía: Rob Hardy
  • Música: Volker Bertelmann
  • Reparto: Tom Rhys Harries, Naomi Ackie, Max Minghella, David Dencik, Eddie Marsan, Joshua James y Nancy Carroll
  • Duración: 108 minutos
  • Estreno: 23 de octubre de 2026, en cines (Warner Bros.)
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