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Poco a poco, momento a momento, muerte a muerte, dejó de preocuparse.
Él no moriría, ya que solo la gente inferior moría, y él no era inferior a nadie.
El tiempo pasó. Un día, en las profundas mazmorras, un hombre con la cara cubierta de sangre miró al Duque y le dijo que se había convertido en un monstruo. Al momento siguiente, no había hombre; solamente una nota a pie de página en un libro de historia.
El Duque pensó mucho en esta conversación durante los siguientes días, y finalmente asintió. “El traidor tenía razón”, dijo. “Me he convertido en un monstruo. Ah, bueno. Me pregunto si alguno de nosotros pretende ser un monstruo”.
Una vez, hace mucho tiempo, hubo amantes, pero eso fue en los albores del Ducado. Ahora, en el anochecer del mundo, con todos los placeres disponibles libremente (pero lo que conseguimos sin esfuerzo, no podemos valorarlo), y sin necesidad de ocuparse de ningún asunto de sucesión (ya que incluso la idea de que otro sucediera algún día al Duque bordeaba la blasfemia) no había más amantes, así como no había más desafíos. Se sentía como si estuviera dormido mientras sus ojos seguían abiertos y sus labios hablaban, pero no había nada que le despertara.
El día después de que se le ocurriese al Duque que él era ahora un monstruo, fue el Día de las Flores Extrañas, que se celebraba luciendo flores traídas al Palacio Ducal desde cada mundo y cada plano. Era un día en el que todos los del Palacio Ducal, que abarcaba un continente, estaban tradicionalmente alegres, y en el que apartaban sus preocupaciones y oscuridades, pero el Duque no se sentía feliz.
“¿Cómo se le podría hacer feliz?” preguntó el escarabajo de información en su hombro, que estaba allí para transmitir los caprichos y deseos de su amo a cientos y cientos de mundos. “Diga la palabra, Excelencia, e imperios se levantarán y caerán para hacerle sonreír. Las estrellas explotarán en una nova para su entretenimiento”.
“Tal vez necesite un corazón”, dijo el Duque.
“Puedo tener cientos y cientos de corazones inmediatamente arrancados, despedazados, desgarrados, cortados, en lonchas o de cualquier otra manera sacados de los pechos de diez mil especímenes humanos perfectos”, dijo el escarabajo de información. “¿Cómo le gustaría que los dispusiéramos? ¿Debo avisar a los chefs o a los taxidermistas, a los cirujanos o a los escultores?”
