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“Necesito preocuparme por algo”, dijo el Duque. “Necesito valorar la vida. Necesito despertar”.
El escarabajo murmuró y chirrió en su hombro; podía acceder a la sabiduría de diez mil mundos, pero no podía aconsejar a su amo cuando estaba en este estado de ánimo, así que no dijo nada. Transmitió su preocupación a sus predecesores, a los antiguos escarabajos de información, ahora durmiendo en cajas ornamentadas de cientos y cientos de mundos, y los escarabajos lo consultaron entre ellos con remordimiento, porque, en la inmensidad del tiempo, incluso esto había ocurrido antes, y se habían preparado para resolverlo.
Una subrutina largamente olvidada desde el amanecer de los mundos se puso en marcha. El Duque estaba llevando a cabo el ritual final del Día de las Flores Extrañas sin ninguna expresión en su fino rostro, un hombre viendo su mundo tal como era y no valorándolo en absoluto, cuando una pequeña criatura alada revoloteó desde la flor en la que se había estado escondiendo.
“Excelencia”, susurró la criatura. “Mi señora os necesita. Por favor. Sois su única esperanza”.
“¿Tu señora?” preguntó el Duque.
“La criatura viene de Más Allá”, chasqueó el escarabajo en su hombro. “De uno de los lugares que no reconoce la Señoría del Ducado, de las tierras más allá de la vida y la muerte, entre el ser y el no-ser. Debe haberse escondido dentro de una flor de orquídea importada de más allá del mundo. Sus palabras son una trampa, o un cebo. Tendré que destruirla”.
“No”, dijo el Duque. “Déjala”. Hizo algo que no había hecho en muchos años, y acarició al escarabajo con un delgado dedo blanco. Los ojos verdes del insecto se volvieron negros, y murmuró hasta quedarse en perfecto silencio.
Sostuvo a la diminuta criatura en sus manos y caminó de regreso a sus aposentos, mientras que ella le hablaba de su sabia y noble Reina, y de los gigantes, cada uno más hermoso que el anterior, y cada uno más enorme y peligroso y más monstruoso, que tenían a su Reina prisionera.
Y mientras ella hablaba, el Duque recordó los días en que un muchacho procedente de las estrellas había venido al mundo a buscar fortuna (porque en aquellos días había fortunas por doquier, simplemente esperando a ser encontradas); y al recordar, descubrió que su juventud estaba menos distante de lo que había pensado. Su escarabajo de información reposaba inmóvil en su hombro.
“¿Por qué ella te envió a mí? le preguntó a la pequeña criatura. Pero, una vez cumplido su deber, ella ya no hablaría más, y en unos momentos desapareció, tan inmediata y permanentemente como una estrella que se hubiera extinguido por orden Ducal.
Él entró en sus aposentos privados, y puso al escarabajo de información desactivado en su caja junto a la cama. En su estudio, hizo que los sirvientes le trajeran un largo estuche negro. Lo abrió él mismo y, con un toque, activó a su consejero jefe. Este se estremeció, luego avanzó retorciéndose hacia sus hombros en forma de víbora, su cola de serpiente bifurcándose para acoplarse a la conexión neural en la base de su cuello.
El Duque le contó a la serpiente lo que pretendía hacer.
“Eso no es sabio”, dijo el consejero jefe, con la inteligencia y el consejo de cada asesor ducal que se recuerde a su disposición, tras un momento de análisis de los precedentes.
“Busco aventura, no sabiduría”, dijo el Duque. El fantasma de una sonrisa comenzó a aparecer en las comisuras de sus labios; la primera sonrisa que sus sirvientes habían visto en más tiempo del que podían recordar.
“En tal caso, si no puedes ser disuadido, toma un corcel de combate”, dijo el consejero. Era un buen consejo. El Duque desactivó a su consejero jefe y mandó a buscar la clave para el establo de los corceles de combate. La clave no había sido tocada en mil años: sus cuerdas estaban llenas de polvo.

