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“Nunca soy yo la que necesita ser rescatada”, dijo la Reina. “Tus consejeros y escarabajos y programas han terminado contigo. Te enviaron aquí, al igual que enviaron a aquellos que vinieron antes que tú, hace mucho, porque es mejor para ti desaparecer por voluntad propia, que para ellos matarte mientras duermes. Y menos peligroso”. Ella tomó su mano entre las suyas. “Ven”, dijo. Se alejaron del jardín de flores muertas, pasaron las fuentes de luz, que dispersaban su luz en el vacío, y entraron en la ciudadela de la canción, donde voces perfectas esperaban a cada paso, suspirando y coreando y tarareando y resonando, aunque allí no había nadie que cantase.
Más allá de la ciudadela solo había neblina.
“Bueno”, le dijo ella. “Estamos al final de todas las cosas, donde nada existe excepto lo que creemos, por un acto de voluntad o por desesperación. Aquí en este lugar. Puedo hablar libremente. Solo estamos nosotros, ahora”. Ella le miró a los ojos. “No tienes que morir. Puedes quedarte conmigo. Serás feliz de haber encontrado finalmente la felicidad, un corazón, y el valor de la existencia. Y yo te amaré”.
El Duque la miró con un súbito destello de ira y perplejidad. “Pedí preocuparme. Pedí algo por lo que preocuparme. Pedí un corazón”.
“Y ellos te han dado todo lo que pediste. Pero no puedes ser su monarca y tener esas cosas. Así que no puedes regresar”.
“Yo… yo les pedí que esto ocurriera”, dijo el Duque. Ya no parecía enfadado. Las neblinas al borde de aquel lugar eran pálidas, y lastimaban los ojos del Duque cuando las miraba demasiado profundamente o por demasiado tiempo.
El suelo comenzó a temblar, como si estuviera bajo los pasos de un gigante.
¿Hay algo verdadero aquí?” preguntó el Duque. “¿Hay algo permanente?”
“Todo es verdadero”, dijo la Reina. “El gigante viene. Y te matará, a no ser que le venzas”.
“¿Cuántas veces has pasado por esto?” preguntó el Duque. “¿Cuántas cabezas han terminado sobre bandejas de oro?”
“Ninguna cabeza ha terminado jamás sobre un plato de oro” dijo ella. “Yo no estoy programada para matarles. Ellos luchan por mí y me consiguen y se quedan conmigo hasta que cierran los ojos por última vez. Ellos están felices de quedarse, o yo les hago felices. Pero tú… tú necesitas tu infelicidad, ¿verdad?”
Él dudó. Entonces asintió.
