Paramount, como tantos otros gigantes de Hollywood, apostó fuerte por el streaming… y perdió. Con fracasos en taquilla como Transformers: El Despertar de las Bestias o Dungeons & Dragons: Honor Among Thieves, y un costoso tropiezo con Misión Imposible: Sentencia Mortal, la empresa se hundió en deudas. Ahí es donde apareció Skydance, liderada por David Ellison, con una oferta salvadora.
La operación parecía encaminada, con el respaldo de accionistas y una estructura de inversión sólida. Pero cuando ya se daban la mano, surgió Project Rise Partners (PRP) con una oferta tardía pero jugosa: 8.800 millones más 5.000 millones adicionales para reestructurar deuda. Aunque fue rechazada por llegar fuera de plazo, desató una tormenta legal. PRP demandó, y algunos accionistas hicieron lo propio, acusando a Paramount de ignorar propuestas más beneficiosas.
Y aquí no acaban los problemas. Porque si la parte económica ya es un campo minado, la política ha convertido el asunto en una guerra abierta.
Una investigación del organismo por “posible sesgo ideológico” en las noticias de CBS News ha generado otra amenaza: si la fusión se percibe como afín a valores “woke”, la FCC podría bloquearla directamente. Y eso dejaría a Paramount sin salida, y a Star Trek sin nave madre.
En la era del streaming, Discovery, Picard, Lower Decks o Prodigy han mantenido la llama encendida. De hecho, desde 2020 la franquicia ha generado 2.600 millones de dólares en ingresos por streaming, una cifra nada despreciable en plena crisis del sector.
Pero el futuro, ahora más que nunca, depende de un delicado equilibrio entre los intereses empresariales, los movimientos legales y el clima político.
Como dijo Rob Kazinsky en una entrevista: “Star Trek está muriendo, y no sé si la gente lo sabe”.
Lo irónico es que, mientras algunos fans apuntan injustamente a títulos recientes por el supuesto “declive”, Star Trek sigue teniendo una comunidad fiel, series en producción y proyectos en desarrollo. Pero sin un estudio que la respalde… todo eso podría evaporarse.