La nueva película de Mamoru Hosoda, Scarlet, adapta Shakespeare con imaginación desbordante, un mundo de los muertos que quita el aliento y una pregunta incómoda: ¿para qué sirve la venganza?
Scarlet: verla o no verla… he ahí la cuestión
Título: Scarlet | Dirección y guion: Mamoru Hosoda | País: Japón | Año: 2025 | Duración: 111 min
Cuatrocientos años después de que Shakespeare escribiera Hamlet, alguien en Tokio ha decidido que la gran tragedia danesa necesitaba, entre otras cosas, un dragón del tamaño de una cordillera y un paramédico del siglo XXI que lleva la amabilidad como armadura. Esa persona es Mamoru Hosoda, director nominado al Óscar por Mirai, mi hermana pequeña, y el resultado (Scarlet) es una de las propuestas de animación más ambiciosas y visualmente deslumbrantes que ha dado el anime en los últimos años.
De Dinamarca medieval al Otro Mundo: el argumento
La película arranca en la Baja Edad Media danesa. Scarlet es una princesa que crece entre juegos, tierra y el amor de sus padres, exactamente hasta que deja de hacerlo. Su padre, el rey Amlet, cae asesinado por su propio hermano Claudio (con la complicidad de la reina Gertrudis), y Scarlet pasa los años siguientes entrenando como espadachín con una misión clara: vengar esa muerte. El plan falla. Claudio le cambia las copas en el momento decisivo y es Scarlet quien muere envenenada.
Aquí es donde Hosoda abandona definitivamente el manual shakespeariano. Scarlet despierta en el Otro Mundo: un espacio liminal y desértico situado entre la existencia y la nada, por donde transitan almas de todas las épocas antes de seguir su camino. Y hay una noticia: Claudio también está ahí. Misión aplazada, no cancelada.
En ese purgatorio conoce a Hijiri, un paramédico del presente, pacifista empedernido que se desconcierta ante cada acto de violencia de Scarlet pero no la abandona. La pareja recorre ese vasto desierto entre bandidos, músicos, niños, ancianos y comunidades de todas las épocas, mientras un dragón gigantesco con forma de nube de rayos patrulla los cielos castigando a quienes no son dignos. Si todo esto te suena a mucho es porque lo es (y ver esa secuencia en pantalla grande merece mucho la pena).
Una animación que combina lo dibujado a mano con el CGI
Hosoda mezcla en Scarlet la animación tradicional dibujada a mano con un uso intensivo del diseño por ordenador, combinación que le permite explorar con mayor profundidad la expresividad de los personajes. El resultado es una paleta visual que recuerda, por momentos, a la estrategia de Spider-Man: Cruzando el Multiverso al mezclar estilos distintos, aunque con una sensibilidad más cercana al cine de autor japonés. El oro ostentoso del palacio medieval, la aridez polvorienta del Otro Mundo, las secuencias de lucha con coreografía precisa y los momentos de quietud bajo tormentas de arena reciben el mismo cuidado. Hosoda ha demostrado en películas como La chica que saltaba a través del tiempo o Belle que sabe hacer que lo mundano parezca épico y lo fantástico parezca real. Scarlet no es la excepción.
El perdón como pregunta sin respuesta fácil
La gran apuesta temática de Hosoda está en la diferencia fundamental con el original: las últimas palabras del padre de Scarlet no son “véngame”, como en Hamlet, sino una instrucción que Scarlet encuentra, comprensiblemente, absurda. Por otro lado, El Otro Mundo no es solo escenario: es el espacio en el que la película somete a su protagonista a un interrogatorio largo y a veces incómodo sobre los límites del odio justificado, el coste del rencor y si existe algo más valioso que la venganza.
Al expandir la trama al universo del Otro Mundo, Hosoda amplía también el foco temático que Hamlet mantenía deliberadamente cerrado en la corte danesa. Scarlet se relaciona con personas, comunidades y civilizaciones de épocas distintas, y esas interacciones van ensanchando su visión del sufrimiento (y la resiliencia) humanos. La película no tiene respuestas definitivas sobre el perdón, lo cual es coherente: el propio Hosoda ha reconocido que la pregunta de cómo resolver ciclos de odio no tiene solución clara, pero considera que el deseo colectivo de encontrarla ya tiene valor en sí mismo.
El ritmo narrativo, su principal punto débil

No todo funciona igual de bien. La película despacha en sus primeros veinte minutos el arco completo de traición y venganza que en el original de Shakespeare ocuparía horas, y ese ritmo acelerado deja algunos personajes secundarios con menos peso del que merecerían. La relación entre Scarlet e Hijiri apunta hacia una tensión emocional más intensa que finalmente Hosoda prefiere no desarrollar del todo, optando por mantener cierta ambigüedad que, en este caso, enfría el impulso narrativo justo cuando más lo necesita.
Algunos momentos —una comunidad diaspórica que Scarlet e Hijiri visitan, por ejemplo, o el enfrentamiento de una multitud con Claudio— ofrecen material con potencial político y emocional que la película deja sin explorar con la profundidad que merece. Las imágenes son impactantes, pero cuando se desvinculan del desarrollo emocional de los personajes pierden parte de su fuerza. En esos tramos, Scarlet roza la epopeya hueca en lugar de habitarla plenamente.
Veredicto
Scarlet es una película animada de gran envergadura: visualmente opulenta, temáticamente ambiciosa y con un mundo imaginado con una coherencia interna que invita a perderse en él. Hosoda demuestra una vez más que sabe construir universos con alma, y su reinterpretación de Hamlet como odisea del perdón resulta original y contemporánea. El ritmo irregular y algunos hilos narrativos que quedan sin anudar impiden que el conjunto alcance la redondez de sus mejores trabajos, pero Scarlet tiene demasiadas cosas extraordinarias (ese dragón, esa paleta visual, esa pregunta sin respuesta fácil) como para dejarla pasar. Y ver en pantalla grande, si hay ocasión.


