Proyecto Salvación (Poject Hail Mary), la adaptación de la novela de Andy Weir, dirigida por Phil Lord y Christopher Miller, llega a las salas como uno de los blockbusters más disfrutable y emocionalmente honesto de los últimos años. Ryan Gosling está extraordinario. Y su amigo alienígena, Rocky, es lo mejor que le puede pasar a un humano en el espacio profundo.
Proyecto Salvación: Un hombre, una misión, un agujero negro en la memoria
Ryland Grace (Ryan Gosling) despierta en una nave espacial sin recordar exactamente cómo llegó allí. Sus dos compañeros de tripulación están muertos. La nave avanza sola hacia Tau Ceti, una estrella a más de diez años luz del sistema solar. Y él, un profesor de preparatoria reclutado a la fuerza por sus conocimientos científicos, es la última carta que le queda a la humanidad.
El motivo es tan descomunal como sencillo de enunciar: el Sol está muriendo. Un microorganismo extraterrestre llamado Astrófago se alimenta de su energía, atenuándolo poco a poco. Sin solución, la Tierra tiene unos treinta años de vida. Tau Ceti es la única estrella que ha resistido el ataque. La misión de Grace es averiguar por qué y traer la respuesta a casa. Pequeño detalle: no hay vuelta atrás.
Con este arranque de película catástrofe a escala cósmica, Phil Lord y Christopher Miller (el dúo detrás de La película Lego y la saga Spider-Verse) construyen una aventura espacial que combina tensión científica, humor genuino y una amistad interestelar que ningún espectador esperaba necesitar en su vida.
“Ryan Gosling es la mezcla perfecta de carisma y reflexión. Nos lleva de la risa al llanto con una facilidad que raramente vemos en pantalla.”
Gosling, en su mejor versión
Cuesta recordar la última vez que un actor cargó solo con una película de esta envergadura y saliera no solo indemne, sino brillante. Ryan Gosling interpreta a Grace con esa energía ligeramente torpe y arrogante que le caracteriza (un poco tonto, un poco engreído, muy entretenido), pero cuando la situación lo exige, saca a relucir una seriedad y una emoción contenida que resultan perfectas.
El actor canadiense deambula por la nave reiniciando lentamente su memoria (y con ella la del espectador) con una naturalidad que hace que 156 minutos a bordo de una nave solitaria pasen sin hacerse pesados. Bueno, casi sin hacerse pesados. Pero de eso hablaremos después.
Rocky: el alienígena que te romperá el corazón
La película alcanza su cima emocional cuando Grace (Ryan Gosling) establece contacto con una nave desconocida que sigue la misma ruta. A bordo viaja Rocky: una criatura de color arcilla, parecida a una araña de cinco extremidades, que emite pitidos y cuyo planeta también está siendo devastado por el Astrófago. Dos solitarios en el espacio intentando salvar a los suyos. Una amistad interestelar de manual que, contra todo pronóstico, funciona de maravilla.
Rocky está construido mediante marionetas y modelos físicos —nada de CGI barato—, y tiene voz gracias a James Ortiz, cuya interpretación transmite una ternura poco habitual para un personaje sin rostro reconocible. La química entre Grace y Rocky es el núcleo emocional de la película, y los momentos en que comparten escena (o más exactamente, compartimentos separados por una pared de cristal) son los más efectivos del filme. Es la mejor amistad alienígena desde ET y Elliott.
Lord y Miller: efectos prácticos, alma de vieja escuela
Uno de los grandes aciertos de la película es la apuesta por la producción física. En lugar de construir la nave digitalmente en postproducción, Lord y Miller optaron por decorados reales y efectos prácticos. La fotografía de Greig Fraser (responsable también de la imagen de Dune) aprovecha esta decisión para llenar la pantalla de una viveza que resulta poco habitual en el blockbuster contemporáneo.
La música de Daniel Pemberton completa el cuadro, reforzando tanto los momentos de tensión como los de humor. Y hay un uso de la canción Sign of the Times de Harry Styles (interpretada de forma memorable por Sandra Hüller en uno de los flashbacks) que funciona como un golpe emocional silencioso: una despedida sin retórica.
Hüller encarna a Eva Stratt, la mente fría y pragmática que recluta a Ryan Gosling y dirige la misión desde la Tierra. Su presencia en pantalla es menor que en la novela original, pero la actriz alemana (que el año pasado ganó el César y el BAFTA por Anatomie d’une chute) consigue dotar a su personaje de una profundidad moral que va más allá del arquetipo de villana institucional.
El problema de los flashbacks y las 156 páginas del guion
Y aquí llega el pero. Proyecto Salvación no es una película sin costuras. La estructura no lineal, que alterna el viaje en curso con los flashbacks que explican cómo el personaje de Ryan Gosling acabó en la nave, interrumpe con demasiada frecuencia los momentos de mayor tensión. El guion de Drew Goddard (adaptador también de El marciano) traslada con fidelidad los puntos emocionales clave de la novela de Andy Weir, pero arrastra consigo el mismo problema que muchas adaptaciones literarias: no sabe bien qué cortar.
Con 156 minutos de duración, la película acumula más jerga científica de la que el espectador medio puede absorber sin que su cerebro entre en modo ahorro de energía. «¡Astrófago!», «¡Centrífuga!», «¡Línea de Petrova!». La ciencia es parte del encanto de Weir, pero en pantalla, sin el tiempo y el espacio que permite la novela, resulta ocasionalmente agotadora.
El tramo final, además, se inclina tanto hacia la seriedad que el ritmo flojea justo cuando debería apretar. Aun así, el desenlace cierra con convicción, en gran medid gracias a la interretación de Ryan Gosling y deja al espectador con esa mezcla de satisfacción y emoción contenida que pocas películas de ciencia ficción consiguen en los últimos tiempos.
Una película que confía en el espectador
Más allá de sus méritos técnicos, Proyecto Salvación es una película que celebra la curiosidad, el ingenio y la colaboración. Grace no salva al mundo él solo: necesita a Rocky, necesita los conocimientos acumulados de otros, necesita admitir sus límites. En un blockbuster de 248 millones de dólares, eso es una apuesta más arriesgada de lo que parece.
Lord y Miller crean una aventura espacial que enaltece el trabajo en equipo por encima del individualismo heroico, que confía en que el espectador puede emocionarse tanto con un problema de termodinámica como con una mirada de despedida. Y en buena medida, lo consiguen.
No es una obra perfecta. Pero es grande, sincera y genuinamente memorable y Ryan Gosling consigue una gran interpretación. Y en marzo, cuando las carteleras suelen llenarse de relleno que ocupa el hueco entre los Óscar y el verano, eso es bastante más de lo que se puede pedir.


