La segunda temporada de X-Men ’97 ha tenido su premiere mundial este mismo fin de semana en el Festival de Tribeca, con cuatro episodios que nosotros hemos podido ver gracias a Disney España.
Y la conclusión es tan sencilla como contundente: Marvel Animation no ha venido a hacer ruido, ha venido a demostrar que la animación puede sostener el mismo peso dramático —y a veces más— que cualquier serie de acción real.
Lo que estos primeros episodios plantean no es solo una continuación de la historia que dejó en vilo a los fans en 2024. Es una declaración de intenciones sobre qué tipo de ficción quieren hacer.
(atención: a partir de aquí habrá spoilers de la 1ª temporada de X-Men 97) (sí, solo de la 1ª)
X-Men 97: El tiempo como metáfora del duelo
El punto de partida de esta segunda temporada es, literalmente, la dispersión. Los X-Men quedan atrapados en distintas líneas temporales tras el caos del final de la primera entrega, y la serie aprovecha ese recurso narrativo para hablar de algo mucho más profundo: la imposibilidad de volver a ser quienes éramos antes de la pérdida. La muerte de Gambito todavía pesa, y los guionistas no tienen ninguna intención de mirar hacia otro lado. Muy al contrario: la sombra de esa ausencia tiñe cada decisión, cada conversación y cada combate de los cuatro episodios iniciales.
Lo que podría haberse resuelto con un par de flashbacks emotivos se convierte en un tema estructural. La muerte no es aquí un plot device; es una presencia constante que obliga a los personajes a confrontar qué significa seguir adelante cuando alguien que amabas ya no puede hacerlo contigo.
El bien y el mal, sin respuestas fáciles
Uno de los mayores logros de estos primeros episodios es la forma en que la serie se niega a ofrecer certezas morales. Los X-Men se mueven por entornos radicalmente distintos —el pasado remoto, el presente convulso de los 90, un futuro que asusta precisamente porque resulta demasiado reconocible— y en cada uno de ellos la línea entre proteger y destruir, entre justicia y venganza, se vuelve más fina.
La figura de Apocalipsis, que ya se vislumbraba en el final de la primera temporada, cobra aquí una dimensión que va más allá del villano todopoderoso de turno. Lo que la serie plantea a través de él es una pregunta filosófica genuina: ¿puede existir el bien sin el mal que lo define? ¿O son, en el fondo, dos caras de la misma necesidad histórica? No hay respuesta en estos cuatro episodios. Solo la incomodidad de tener que hacerse la pregunta.
El destino como condena —y como elección
La dimensión temporal de la trama no es solo un espectáculo visual, aunque lo es. Es también el escenario perfecto para explorar el determinismo. Ver a personajes como Cíclope, Tormenta o Rogue enfrentarse a peronajes del pasado y del futuro de su propio mundo les obliga —y nos obliga— a preguntarse si lo que ha ocurrido era inevitable o si, en algún momento, alguien podría haberlo evitado.
Hay decisiones en estos primeros episodios que duelen precisamente porque los personajes las toman siendo completamente conscientes de lo que cuestan. No hay atajos heroicos. Hay elecciones imposibles, asumidas con la misma calma agotada con la que alguien firma un documento que sabe que va a cambiarle la vida. Ese es el tipo de dramatismo que diferencia a X-Men ’97 de la mayoría de la animación de superhéroes.
Los personajes: los mismos de siempre, pero vistos con otros ojos
Para quien creció con la serie original de los 90, estos episodios funcionan también como un ajuste de cuentas emocional. Los personajes son reconocibles al instante —la animación mantiene esa estética inconfundible, con sus proporciones exageradas y su paleta saturada— pero están escritos con una profundidad que la serie original apenas podía permitirse en su formato de la época.
Magneto carga con el peso del liderazgo que Xavier le dejó, y la serie no le hace ningún favor: le exige, le cuestiona y le enfrenta a sus propias contradicciones sin concederle el beneficio de la duda. Rogue sigue siendo uno de los personajes más ricos de la ficción de superhéroes, y estos episodios lo recuerdan con cada plano que le dedican. Cíclope, siempre ese líder cuya rigidez esconde una vulnerabilidad enorme, aquí parece finalmente comprendido por sus propios guionistas.
No se trata de oscurecer por oscurecer, ese error tan común cuando se quiere «madurar» una franquicia. Se trata de añadir capas. De dejar que los personajes sean contradictorios, que cometan errores, que tengan razón por los motivos equivocados. La versión adulta de estos X-Men no los hace más fríos; los hace más humanos.
Conclusión: la animación que no pide disculpas por serlo
Cuatro episodios dan para mucho, pero también apenas alcanzan para intuir todo lo que la segunda temporada de X-Men ’97 tiene intención de desarrollar. Lo que sí está claro es que la serie no ha llegado a conformarse con ser una continuación nostálgica ni con funcionar solo como producto de fan service. Ha llegado a contar algo, y tiene las herramientas narrativas para hacerlo.
La animación lleva décadas peleando por que se la tome en serio como medio adulto. X-Men ’97 no pelea esa batalla: simplemente la gana episodio a episodio, con historias que tratan a su audiencia como lo que es. La segunda temporada completa estará disponible en Disney+ a partir del 1 de julio de 2026.


