Un pequeño giro en un personaje clave habría elevado la historia de The running man a otro nivel
El cambio en The Running Man
Para entender el potencial de Amelia, basta con recordar cómo se nos presenta: una ciudadana privilegiada, ajena al sufrimiento ajeno, y perfectamente integrada en la dictadura del espectáculo. Cuando Ben Richards irrumpe en su vida, ella no ve a un inocente perseguido: ve al monstruo televisivo que la Agencia ha fabricado. Su arco –pasar de espectadora complaciente a rebelde activa– es uno de los elementos más potentes del guion.
Sin embargo, la cinta decide incorporarla justo cuando Ben ya está escapando a trompicones de McCone y sus cazadores. En ese punto, el relato se acelera hacia el caos de acción, con chistes slapstick que chocan con la densidad moral del planteamiento. La desconexión tonal es evidente, y el público lo nota.
El papel invisible de Amelia en la estructura del film
Lo más frustrante es que Amelia encarna la tesis principal del relato mejor que ningún otro personaje. Representa esa complicidad sutil, ese “no es mi problema”, que convierte a una población entera en herramienta de dominación. Su famosa bufanda de seda, un capricho caro que simboliza vidas que podrían haberse salvado, funciona como golpe emocional… pero llega tan tarde que no tiene tiempo de calar.
Que aparezca solo en la segunda mitad limita su desarrollo y, peor aún, limita la capacidad del espectador para empatizar con su despertar. La película apunta a un mensaje grande, pero lo dispara desde muy lejos.
Cómo su presencia temprana hubiera cambiado todo
Imagina el mismo relato… pero con un pequeño ajuste: Ben se cruza con Amelia nada más escapar de Boston. En ese instante, él todavía es el “asesino de masas” que la Agencia ha inventado y que la gente acepta sin pestañear. Amelia representaría, cara a cara, esa masa anestesiada. Y desde ahí, el choque ideológico habría sido oro puro.
Ben podría rebatir en directo la propaganda que le persigue, mientras Elton reforzaría ese debate desde su perspectiva revolucionaria. Tendríamos una especie de triángulo temático: el rebelde, la víctima del sistema y la creyente del show. Mucho más rico que los monólogos sueltos que se quedan flotando en la versión final.
La victoria real de Ben contra la indiferencia
La película insiste varias veces en que Ben no lucha solo por sobrevivir, sino por recuperar la verdad. Pero el mensaje pierde fuerza cuando la cinta se obsesiona con el espectáculo visual. Con Amelia más presente, el discurso habría tenido un rostro, un símbolo palpable de cómo el pueblo puede despertar… o seguir dormido.
Un personaje desaprovechado que merecía brillar
The Running Man funciona, claro que funciona. Edgar Wright y Glen Powell saben divertirse, saben mover cámara y saben dar espectáculo. Pero dejaron sin exprimir la pieza que podía haber equilibrado todo el rompecabezas emocional. Un desarrollo más largo de Amelia habría corregido el bache de ritmo, reforzado la sátira y unido las distintas tonalidades del filme.
A veces, solo hace falta mover una ficha para que la historia encaje. En este caso, esa ficha tenía nombre y apellidos: Amelia Williams.


