The running man habría realizado un cambio para tener una película mucho más redonda

The running man
Panini

Un pequeño giro en un personaje clave habría elevado la historia de The running man a otro nivel

Amelia Williams, Ben Richards, Edgar Wright, The Running Man

Nadie sale de The Running Man pensando que le faltan explosiones, persecuciones o mala leche contra los medios. Eso lo tiene de sobra. El problema real está en otro sitio: la película tenía entre manos a un personaje que podía haber sido dinamita narrativa… y lo dejó para el descanso del intermedio. Amelia Williams aparece tarde, demasiado tarde, y su llegada abre una puerta que el filme apenas se atreve a cruzar.

El cambio en The Running Man

En una historia donde el entretenimiento sirve para domesticar conciencias y convertir la mentira en moneda de curso legal, Amelia es el espejo perfecto de la sociedad acomodada que aplaude el circo sin hacerse preguntas. Y justo por eso, dejarla confinada en el segundo tramo hace que su impacto se quede cojo.

Para entender el potencial de Amelia, basta con recordar cómo se nos presenta: una ciudadana privilegiada, ajena al sufrimiento ajeno, y perfectamente integrada en la dictadura del espectáculo. Cuando Ben Richards irrumpe en su vida, ella no ve a un inocente perseguido: ve al monstruo televisivo que la Agencia ha fabricado. Su arco –pasar de espectadora complaciente a rebelde activa– es uno de los elementos más potentes del guion.

Sin embargo, la cinta decide incorporarla justo cuando Ben ya está escapando a trompicones de McCone y sus cazadores. En ese punto, el relato se acelera hacia el caos de acción, con chistes slapstick que chocan con la densidad moral del planteamiento. La desconexión tonal es evidente, y el público lo nota.

El papel invisible de Amelia en la estructura del film

Lo más frustrante es que Amelia encarna la tesis principal del relato mejor que ningún otro personaje. Representa esa complicidad sutil, ese “no es mi problema”, que convierte a una población entera en herramienta de dominación. Su famosa bufanda de seda, un capricho caro que simboliza vidas que podrían haberse salvado, funciona como golpe emocional… pero llega tan tarde que no tiene tiempo de calar.

Si Amelia hubiese estado presente desde el arranque, el peso simbólico de ese objeto habría sido demoledor. Ben necesitaba un contrapunto humano más que otro bloque de hormigón que derribar. Y ella estaba hecha para ser ese contrapunto: incrédula, ciega por hábito, pero no mala.

Amelia Williams, Ben Richards, Edgar Wright, The Running Man

Que aparezca solo en la segunda mitad limita su desarrollo y, peor aún, limita la capacidad del espectador para empatizar con su despertar. La película apunta a un mensaje grande, pero lo dispara desde muy lejos.

Cómo su presencia temprana hubiera cambiado todo

Imagina el mismo relato… pero con un pequeño ajuste: Ben se cruza con Amelia nada más escapar de Boston. En ese instante, él todavía es el “asesino de masas” que la Agencia ha inventado y que la gente acepta sin pestañear. Amelia representaría, cara a cara, esa masa anestesiada. Y desde ahí, el choque ideológico habría sido oro puro.

Ben podría rebatir en directo la propaganda que le persigue, mientras Elton reforzaría ese debate desde su perspectiva revolucionaria. Tendríamos una especie de triángulo temático: el rebelde, la víctima del sistema y la creyente del show. Mucho más rico que los monólogos sueltos que se quedan flotando en la versión final.

Además, Amelia podría evolucionar de forma orgánica, no a trompicones. Su transición a rebelde ganaría credibilidad, humanidad y, sobre todo, emoción. El final —cuando ayuda a recuperar la caja negra que desmonta las mentiras del Network— habría explotado como un clímax emocional enorme, y no como un gesto simbólico algo precipitado.

La victoria real de Ben contra la indiferencia

La película insiste varias veces en que Ben no lucha solo por sobrevivir, sino por recuperar la verdad. Pero el mensaje pierde fuerza cuando la cinta se obsesiona con el espectáculo visual. Con Amelia más presente, el discurso habría tenido un rostro, un símbolo palpable de cómo el pueblo puede despertar… o seguir dormido.

De hecho, Amelia es la prueba de que el sistema puede romperse desde dentro, porque si alguien tan cómodo y encantado con la telebasura puede abrir los ojos, cualquiera puede hacerlo. Es el triunfo moral de Ben, más grande que cualquier explosión. Y sí, habría convertido la película en algo bastante más redondo.

Amelia Williams, Ben Richards, Edgar Wright, The Running Man

Un personaje desaprovechado que merecía brillar

The Running Man funciona, claro que funciona. Edgar Wright y Glen Powell saben divertirse, saben mover cámara y saben dar espectáculo. Pero dejaron sin exprimir la pieza que podía haber equilibrado todo el rompecabezas emocional. Un desarrollo más largo de Amelia habría corregido el bache de ritmo, reforzado la sátira y unido las distintas tonalidades del filme.

A veces, solo hace falta mover una ficha para que la historia encaje. En este caso, esa ficha tenía nombre y apellidos: Amelia Williams.

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