Si algo diferenciaba a God of War de otros hack and slash era su protagonista. Kratos no era simpático, ni pretendía serlo. Era un guerrero roto, marcado por la culpa y empujado por una rabia constante que se filtraba en cada golpe y en cada grito.
God of War supo modernizar los mitos griegos sin perder su esencia. Zeus, Atenea o Ares no eran simples cameos mitológicos, sino engranajes clave de una historia cruel y despiadada, donde los dioses manipulaban a los mortales sin ningún remordimiento.
La inspiración en películas como Clash of the Titans era evidente, pero el juego iba más allá del espectáculo. Cada escenario, cada jefe y cada puzzle estaban al servicio de la narrativa, reforzando esa sensación constante de fatalidad que rodeaba a Kratos. Todo tenía un propósito.
No es de extrañar que el juego superase los 4,6 millones de copias vendidas, convirtiéndose en uno de los títulos más importantes del catálogo. Era un vendeconsolas en toda regla, y Sony lo supo desde el primer momento.
El nacimiento de una saga legendaria
El éxito dio pie a una secuela en 2007, varios spin-offs y una tercera entrega que ya dio el salto a PS3. God of War pasó de ser una sorpresa a una franquicia clave para PlayStation, algo reservado solo a los grandes.
Lo más impresionante es que el primer God of War sigue siendo espectacular hoy. Su ritmo, su diseño y su narrativa aguantan el tipo sin necesidad de nostalgia forzada. No es solo un recuerdo bonito: es un referente.