El autor belga Hermann Huppen deja atrás una obra gigantesca que cambió para siempre la historieta franco-belga
Un referente del cómic europeo
Hablar de Hermann no es hablar solo de un autor famoso. Es hablar de un creador que ayudó a empujar el cómic europeo hacia terrenos más adultos, más duros y más humanos. Su trazo, cada vez más personal con el paso de los años, convirtió sus páginas en un lugar reconocible al instante. Para muchos fans, su nombre está unido de forma inseparable a Jeremiah, pero su legado va muchísimo más allá de una sola serie.
Ese carácter inquieto explica buena parte de su importancia. Pocos autores europeos supieron moverse con tanta solvencia entre escenarios tan distintos sin perder identidad propia. Da igual si dibujaba una frontera polvorienta, una fortaleza medieval o un futuro devastado: siempre estaba ahí esa mirada suya, escéptica, seca y terriblemente lúcida sobre la condición humana.
Un autor que hizo del desencanto su sello
Entre sus obras más conocidas aparece Comanche, una serie del oeste que sigue siendo referencia para quienes disfrutan del cómic clásico con nervio moderno. Pero si hay un título que lo colocó en un pedestal especial, ese fue Jeremiah. La serie se convirtió en una de las grandes piedras angulares del cómic postapocalíptico europeo, gracias a un universo en ruinas donde la supervivencia no borraba la violencia, la codicia ni el desamparo.
Otra pieza imprescindible de su trayectoria fue Las torres de Bois-Maury, donde exploró la Edad Media con una dureza visual y narrativa poco complaciente. En sus manos, el pasado nunca parecía romántico ni embellecido, sino un territorio marcado por el barro, la violencia y la fragilidad del ser humano. Esa forma de mirar fue una constante en toda su producción.
Del talento descubierto por Greg a una voz completamente propia
Durante su carrera, Hermann colaboró con editoriales tan importantes como Glénat, Dupuis y Le Lombard. También fue decisiva su relación con el guionista Greg, uno de los primeros en detectar el potencial de un dibujante que acabaría siendo irrepetible. Aquella etapa le sirvió para crecer, ganar visibilidad y consolidar una presencia cada vez más fuerte dentro del mercado franco-belga.
Con el tiempo, su estilo dejó atrás influencias iniciales como Jijé o Jean Giraud para transformarse en algo mucho más personal. Hermann fue puliendo una narrativa visual realista, adulta y sin concesiones, muy distinta de buena parte del cómic europeo pensado tradicionalmente para lectores jóvenes. En sus páginas no había héroes idealizados ni discursos tranquilizadores: había seres humanos golpeados por el entorno y por sus propias decisiones.
A partir de los años noventa, además, amplió su terreno creativo con varias historias autoconclusivas. Obras como Sarajevo Tango o Afrika demostraron que su talento no dependía de una serie larga ni de un universo serializado, sino de una sensibilidad artística capaz de retratar conflictos, heridas y tensiones con una intensidad fuera de lo común.
Un legado inmenso que no se detuvo hasta el final
De hecho, su último álbum, Cartagena, estaba previsto para el 30 de abril en Francia. Ese detalle resulta especialmente impactante ahora, porque recuerda hasta qué punto Hermann seguía siendo un autor vivo en el sentido más pleno de la palabra: activo, implicado y aún con historias que contar. No era una leyenda retirada contemplando su pasado, sino un creador que seguía empujando hacia delante.
Su muerte deja un vacío enorme. El cómic europeo pierde a uno de sus autores más influyentes, más duros y más honestos, uno de esos nombres capaces de sobrevivir al paso del tiempo porque nunca buscaron agradar a todo el mundo. Hermann prefirió incomodar, retratar la crudeza y dejar huella. Y vaya si la deja.


