El cómic de superhéroes representa las 3 caras de la ley: la justicia institucional, el vigilantismo y el poder punitivo extremo, mostrando las tensiones entre la legalidad, la legitimidad y la eficacia cuando las instituciones parecen incapaces de responder al delito
El cómic de superhéroes mantiene desde sus orígenes una relación paradójica con la justicia. Sus protagonistas aparecen generalmente allí donde las instituciones ordinarias resultan incapaces de proteger eficazmente a la sociedad y, sin embargo, para hacerlo suelen actuar fuera de los procedimientos establecidos por ese mismo orden jurídico.
En el cómic de superhéroes Batman persigue a los delincuentes sin una orden judicial, Spiderman captura a los sospechosos sin ser un agente policial y Daredevil obtiene la información mediante procedimientos que difícilmente superarían un examen procesal.
El superhéroe puede convertirse entonces en una fantasía cultural de justicia eficaz, es decir, aquello que policías, fiscales y jueces no consiguen resolver mediante procedimientos formales es solucionado por una figura enmascarada. Las 3 caras de la ley en el comic de superhéroes serían Marvel, DC y el Juez Dredd.
Desde esta perspectiva, la máscara y la toga representan dos imaginarios culturales distintos. La primera promete la rapidez, eficacia y certeza moral; la segunda representa el procedimiento, los límites y una inevitable posibilidad de frustración. Juez Dredd introduce una tercera posibilidad, mucho más perturbadora: que la toga y la máscara terminen convirtiéndose en la misma cosa.
Marvel, entre el Estado de Derecho y la justicia del héroe
Dentro de las tres caras de la ley, en el comic de superhéroes del universo Marvel, Matt Murdock/Daredevil constituye probablemente el ejemplo más completo de la contradicción entre la justicia formal y la justicia superheroica. Murdock no es simplemente un vigilante que conoce la ley sino que es un abogado y forma profesionalmente parte del sistema que posteriormente vulnera cuando adopta la identidad de Daredevil.
Durante el día acepta el proceso existente con la prueba, la defensa, la contradicción, la presunción de inocencia y la resolución judicial; durante la noche persigue a los sospechosos, entra en propiedades privadas, obtiene información extraprocesalmente y emplea la violencia física.
Esta contradicción alcanza una de sus expresiones más interesantes en el cómic Daredevil: Born Again de Miller y Mazzucchelli. En él Wilson Fisk/Kingpin utiliza su poder económico y sus contactos para destruir progresivamente la vida personal y profesional de Murdock.
Fisk representa una criminalidad que procede del poder económico, político y social. Frente al delincuente convencional perseguido por las instituciones aparece un delincuente capaz de influir sobre esas mismas instituciones.
La relación entre la justicia institucional y la justicia inmediata aparece todavía con mayor claridad cuando Daredevil se enfrenta ideológicamente a Frank Castle. En obras como Daredevil y El Castigador: El séptimo círculo o Daredevil y El Castigador: El gatillo del diablo, ambos personajes representan unas concepciones prácticamente antagónicas del castigo.
Murdock puede desconfiar de la eficacia del sistema, pero continúa creyendo que debe existir. Castle, por el contrario, elimina la distinción e identifica al culpable y lo castiga. El Castigador acumula simbólicamente las funciones de policía, fiscal, juez y verdugo.
Frank Castle permite llevar hasta sus últimas consecuencias una pregunta característica del populismo punitivo: si aparentemente sabemos quién es culpable, ¿por qué necesitamos un proceso?
La respuesta del Estado de Derecho es precisamente que determinar jurídicamente la culpabilidad constituye una de las principales razones por las que existe el proceso. Castle encarna una fantasía de eficacia absoluta que elimina simultáneamente la posibilidad de error, contradicción, proporcionalidad y defensa.
Una respuesta diferente aparece con Jennifer Walters/Hulka. En lugar de abandonar el Derecho cuando este resulta insuficiente, Walters trata de incorporar jurídicamente lo extraordinario.
Esta característica adquiere especial importancia en la etapa iniciada por Dan Slott, donde su condición de abogada permite convertir los numerosos problemas superheroicos en cuestiones jurídicas como la responsabilidad por los daños, la identidad secreta, los derechos de las personas con superpoderes o los conflictos derivados de las actividades de héroes y villanos.
Hulka constituye, por ello, casi la imagen inversa de Daredevil. Murdock oscila entre confiar en las instituciones y actuar fuera de ellas; Walters muestra que incluso un universo extraordinario puede intentar crear normas, abogados y procedimientos para resolver sus conflictos.
La pregunta deja de ser cómo sustituir al Estado cuando resulta ineficaz y pasa a ser cómo puede el Estado de Derecho adaptarse a nuevas formas de conflicto sin renunciar a sus garantías.
DC, el vigilantismo, las instituciones y la legitimidad
Siguiendo con la segunda de las tres caras de la ley, en el comic de superhéroes del universo DC se permite abordar la misma cuestión desde una perspectiva parcialmente diferente. Gotham construye un escenario en el que las distintas instituciones de control aparecen personificadas en personajes diferentes: James Gordon representa a la policía; Harvey Dent, a la fiscalía; y Batman, a la justicia extralegal.
Esta estructura resulta especialmente visible en el cómic de Loeb y Sale Batman: El largo Halloween. Batman, Gordon y el fiscal Harvey Dent colaboran para luchar contra el crimen organizado de Gotham desde unas posiciones institucionales diferentes.
Comparten inicialmente un objetivo, pero no los mismos procedimientos ni la misma legitimidad. Batman puede realizar aquello que las restricciones institucionales impiden hacer a Gordon y a Dent, precisamente porque no está sometido a sus reglas.
La transformación de Harvey Dent en Dos Caras destruye simbólicamente ese equilibrio. El fiscal, cuya función consistía en intervenir dentro de un procedimiento reglado, sustituye finalmente las normas y los argumentos por el lanzamiento de una moneda. Donde anteriormente existían la prueba, la acusación, la defensa y la sentencia aparece ahora el azar convertido en ritual de justicia.
El vigilantismo adquiere una formulación distinta con Kate Spencer/Manhunter, especialmente desde la etapa de Marc Andreyko. Spencer es una fiscal federal y conoce desde dentro los procedimientos y las limitaciones de la justicia penal. Su transformación en vigilante nace precisamente de la frustración ante un sistema que percibe como incapaz de proporcionar determinadas respuestas.
Batman constituye, naturalmente, el gran problema de legitimidad que atraviesa este universo. Cómics como Batman: Año Uno de Miller y Mazzucchelli, permiten observar la aparición del vigilante en una ciudad caracterizada por la delincuencia y la corrupción institucional.
Batman adquiere legitimidad narrativa porque actúa en un escenario donde las instituciones han perdido parcialmente la suya ¿quién ha autorizado al héroe a decidir quién debe ser perseguido y cuánta violencia resulta legítimo utilizar? La eficacia del superhéroe no resuelve el problema de su legitimidad. Al contrario, puede ocultarlo.
Juez Dredd: cuando el Estado se convierte en vigilante
La última de las tres caras de la ley, en el comic de superhéroes (o casi) del Juez Dredd transforma completamente el problema. Dredd puede investigar, detener, valorar la culpabilidad, imponer una pena y ejecutarla. La separación funcional entre policía, acusador, juez y ejecutor del castigo desaparece.
Creado por John Wagner y Carlos Ezquerra y publicado por primera vez en 2000 AD en 1977, Dredd desarrolla su actividad en Mega-City One, una enorme metrópolis distópica caracterizada por la superpoblación, el desempleo, la desigualdad, la tecnología, el control y una criminalidad aparentemente permanente.

El sistema tradicional de justicia ha sido sustituido por los Jueces, que concentran competencias que un Estado de Derecho distribuiría entre instituciones diferentes. Dredd representa la transformación del propio Estado en una maquinaria punitiva extrema.
En la historia America de Wagner y MacNeil, se desplaza parcialmente el punto de vista desde Dredd hacia quienes viven sometidos al sistema de los Jueces y permite cuestionar la identificación automática entre la autoridad, la seguridad y la justicia. El ciudadano deja de ser únicamente la persona protegida por el héroe y puede convertirse también en el sujeto controlado por él.
Este cambio de perspectiva resulta fundamental. En buena parte del género superheroico contemplamos la ciudad desde los ojos del protector. En Juez Dredd podemos preguntarnos cómo contempla al supuesto protector quien se encuentra sometido a su poder.

Mega-City One puede interpretarse como una exageración de las dinámicas de vigilancia y disciplina y como una caricatura extrema de la cultura del control. Prácticamente cualquier comportamiento puede encontrarse regulado, observado o sancionado y, frente al desorden, la respuesta consiste reiteradamente en aumentar la vigilancia, ampliar la regulación y endurecer el castigo.
Existe, además, una importante dimensión satírica. Interpretar a Dredd exclusivamente como un héroe especialmente eficaz supone perder una parte esencial del personaje. Su mundo exagera el autoritarismo, la burocracia, la obsesión securitaria y el poder punitivo.
Mega-City One dispone de extraordinarios mecanismos de vigilancia, Jueces fuertemente armados y penas severas y, sin embargo, el delito nunca desaparece. La promesa de que un incremento del control proporcionará finalmente seguridad absoluta genera, paradójicamente, la necesidad de incrementar nuevamente el control.
Incluso la estética de Dredd participa de este discurso. Su rostro permanece oculto por el casco; su uniforme, insignias, hombreras, armamento y la motocicleta Lawmaster magnifican visualmente la autoridad.
Matt Murdock puede quitarse la máscara y regresar al tribunal; Bruce Wayne puede dejar de ser temporalmente Batman. Dredd apenas existe al margen de su función. No representa únicamente a un individuo que aplica la ley, sino que su cuerpo se convierte en representación visual de la propia ley.
De ahí la fuerza simbólica de la expresión “Yo soy la ley”. En un Estado de Derecho ninguna persona debería poder identificarse plenamente con la ley, porque la autoridad procede precisamente de las normas, las instituciones y los procedimientos que trascienden a quien temporalmente ejerce el poder. Dredd elimina simbólicamente esa distancia.


