Lo más llamativo es que Kojima no tendrá un rol central en el proceso creativo. El propio diseñador japonés aseguró que era “esencial” no repetir lo que ya está en las dos entregas del videojuego. Su intención es que el cineasta estadounidense pueda aportar su visión personal, sin las ataduras de un guion preexistente. Para Kojima, si la película fuera una copia reducida de los juegos, perdería todo el sentido de existir.
Sarnoski, además, confesó haberse sumergido en el universo de Kojima jugando tanto Death Stranding como Metal Gear Solid. Esa experiencia le ha permitido entender las obsesiones narrativas del creador: mundos extraños pero reconocibles, dilemas morales envueltos en ciencia ficción y un gusto por los pequeños detalles que convierten lo cotidiano en épico.
Los videojuegos de Kojima siempre han desafiado lo convencional, y Death Stranding no fue la excepción: un título que mezcla caminatas meditativas con terror sobrenatural y ciencia ficción apocalíptica. La película deberá encontrar un tono capaz de mantener ese equilibrio entre lo íntimo y lo espectacular, un desafío que pocos se atreverían a asumir.
La gran incógnita es cómo logrará la película mantener la tensión de un mundo fragmentado por un cataclismo, donde la conexión entre personas no es solo un deseo, sino una necesidad para sobrevivir. Ahí está, según Sarnoski, la verdadera “alma” de la historia: hablar de humanidad en un escenario roto.
El éxito o fracaso del filme dependerá de si consigue transmitir esa sensación única que hizo de Death Stranding un título tan divisivo como memorable. Para los fans, no será cuestión de ver escenas copiadas del juego, sino de comprobar si la gran pantalla logra capturar esa mezcla de misterio, aislamiento y esperanza que Kojima plasmó en su obra.